Poesía

Roque Dalton (El Salvador, 1935-1965)

No conocía la obra de Roque Dalton hasta que una noche, a los 16 años, alguien me regaló una hoja de su agenda en la que había copiado un poema de este autor. Era la primera vez que veía a esa persona, y nunca más la volví a ver ni a saber de ella, pero en adelante siempre me acordé del nombre de Dalton. Cuando leí Apocalipsis en Solentiname, el cuento de Julio Cortázar publicado en Alguien que anda por ahí en el cual menciona a Dalton, se me ocurrió buscar sus obras en internet. Aquí reproduzco algunas de las cosas que encontré.

 Y sin embargo, amor (de La ventana en el rostro, 1961)

Y sin embargo, amor, a través de las lágrimas,
yo sabía que al fin iba a quedarme
desnudo en la ribera de la risa.

    Aquí,
hoy,
digo:
siempre recordaré tu desnudez en mis manos,
tu olor a disfrutada madera de sándalo
clavada junto al sol de la mañana;
tu risa de muchacha,
o de arroyo,
o de pájaro;
tus manos largas y amantes
como un lirio traidor a sus antiguos colores;
tu voz,
tus ojos,
lo de abarcable en ti que entre mis pasos
pensaba sostener con las palabras.

    Pero ya no habrá tiempo de llorar.

    Ha terminado
la hora de la ceniza para mi corazón.

Hace frío sin ti,
pero se vive.

 El vanidoso (de El turno del ofendido, 1961- 1965)

Yo seria un gran muerto. 

Mis vicios entonces lucirían como joyas antiguas 
con esos deliciosos colores del veneno. 

Habría flores de todos los aromas en mi tumba 
e imitarían los adolescentes mis gestos de jubilo, 
mis ocultas palabras de congoja. 

Tal vez alguien diría que fui leal y fui bueno. 
Pero solamente tu recordarías 
mi manera de mirar a los ojos. 

 Hojas (de Los pequeños infiernos, 1964-1965)

  Hojas caídas 
filos mudos de una delicada agresión 
no es el otoño quien os vence. 

Vosotras devoráis la tierra 
hacéis de vuestra carne dorada a los pájaros 
quemáis la boca de la nieve 
que luego morirá ahumada y babeante. 

Creemos que os pisamos 
y en realidad sois quienes soportáis 
nuestra pobre estatura. 

Por eso os odiamos tanto como a nuestros héroes: 
año con año os hacemos quemar. 

Pero, !qué gran insulto nos significa la primavera! 

 El descanso del guerrero (de Tabernas y otros lugares, 1969)

Los muertos están cada día más indóciles.

Antes era fácil con ellos:
les dábamos un cuello duro una flor
loábamos sus nombres en una larga lista:
que los recintos de la patria
que las sombras notables
que el mármol monstruoso.

El cadáver firmaba en pos de la memoria
iba de nuevo a filas
y marchaba al compás de nuestra vieja música.

Pero qué va
los muertos son otros desde entonces.

Hoy se ponen irónicos
preguntan.

Me parece que caen en la cuenta
de ser cada vez más la mayoría!

Cortazariana (de El amor me cae más mal que la primavera, 1973)
Oliendo a leche como una sala-cuna de Baltimore
Con el ritmo de una prostituta balinesa
O el de un gol de Pelé pintado por Chagall
Camina a la orilla del mar
Mi poetisa joven 1969
¡Qué esplendor el de sus equivocaciones
al citar a Michaux!
Su luz
Que hizo a Vallejo autor de Residencia en la Tierra
Es el vientre en que ahora descanso
Y al que los diccionarios geográficos
Llaman tan duramente “trópico”.
Dejando aparte toda hipocresía cultural
Confieso mis intenciones únicas a su respecto:
Verla desnuda
Y retilar su murta.

Poema de amor (de Las historias prohibidas de Pulgarcito, 1974)

Los que ampliaron el Canal de Panamá 
(y fueron clasificados como “silver roll” y no como “gold roll”), 
los que repararon la flota del Pacifico 
en las bases de California, 
los que se pudrieron en las cárceles de Guatemala, 
México, Honduras, Nicaragua, 
por ladrones, por contrabandistas, por estafadores, 
por hambrientos, 
los siempre sospechosos de todo 
(“me permito remitirle al interfecto 
por esquinero sospechoso 
y con el agravante de ser salvadoreño”), 
las que llenaron los bares y burdeles 
de todos los puertos y capitales de la zona 
(“La gruta azul”, “El Calzoncito”, “Happyland”), 
los sembradores de maíz en plena selva extranjera, 
los reyes de la pagina roja, 
los que nunca sabe nadie de donde son, 
los mejores artesanos del mundo, 
los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera, 
los que murieron de paludismo 
o de las picadas del escorpión a la barba amarilla 
en el infierno de las bananeras, 
los que lloraron borrachos por el himno nacional 
bajo el ciclón del Pacifico o la nieve del norte, 
los arrimados, los mendigos, los marihuaneros, 
los guanacos hijos de la gran puta, 
los que apenitas pudieron regresar, 
los que tuvieron un poco mas de suerte, 
los eternos indocumentados, 
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, 
los primeros en sacar el cuchillo, 
los tristes mas tristes del mundo, 
mis compatriotas, 
mis hermanos.
   

  Sobre un suicidio (de Un libro levemente odioso, 1989, póstumo)

Una bandera de pétalos de terciopelo
más horripilante que la humildad;
las alas del tecolote familiar
que atravesó ríos nadando, montañas caminando,
témpanos de hielo a saltitos;
el lastre de la virginidad:
tales eran las riquezas de la muchacha.

Y una manera muy peculiar de comprender las sugerencias:
le dijeron que se atara el cinturón, que no fumara
y se lanzó hacia la calle, doce pisos abajo.

 Vals (de Un libro levemente odioso, 1989, póstumo)

Clima emitido por un  
clavicordio en lontananza 
perdiendo el tiempo 
como el que arroja perejil 
a las medusas 
ángeles desdentados te acompañen 
mas no por accidente 
sino por no pinnípedos 
metal de cálices para hacer espéculos 
feto de títere yo quiero que tu me lleves 
al tambor de la alegría 
Y mi alma será sana 
para unos cuantos años más. 

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