Narrativa

  Le debo en gran medida mi amor por la lectura a los libros que me compraban mis padres todas las semanas. Cada miércoles a la noche volvían del Centro con un libro de cuentos nuevo, muchas veces de la Colección Tobogán de Ediciones Orión. Hasta ahora no volví a ver algo similar a esas ediciones: antologías de leyendas populares, relatos y cuentos de autores clásicos de la literatura universal reunidos y prologados para niños. Fue la primera vez que leí a muchos escritores que sigo releyendo y admirando: Alexander Pushkin, Silvina Ocampo y Heinrich Böll, entre otros. No fueron pocas las veces que no pude dormir por la impresión que me causaban estas historias que guardaba debajo de la almohada, pero estoy segura de que alternarlas con títulos de literatura infantil y juvenil fue lo que me definió como lectora.

  En este y el próximo número de Los Posatigres, algunas de las narraciones que recuerdo con más cariño, listas para ser leídas por adultos y niños.

Una mesa es una mesaPeter Bichsel (Suiza, 1935)

Traducción de Epigmenio León

  Quiero contarles de un hombre viejo que ya no pronuncia ninguna palabra. Tiene un rostro cansado: cansado de reír y cansado de enfadarse. Vive en una pequeña ciudad, al final de la calle, cerca de la esquina. No vale la pena describirlo, casi nada lo diferencia de otros. Usa un sombrero gris, pantalón gris, una chaqueta gris y en invierno un largo abrigo gris. Tiene un cuello delgado cuya piel está seca y arrugada. Los botones blancos de la camisa le aprietan demasiado.

  En el piso inferior de su casa tiene un cuarto; quizás estuvo casado y tuvo hijos, quizás vivió antes en otra ciudad. Seguramente alguna vez fue niño, pero eso fue hace mucho tiempo, allá donde los niños eran vestidos como adultos. Donde se veían tal como en el álbum fotográfico de una abuela.

  En su cuarto hay dos sillas, una mesa, una alfombra, una cama y un armario. Sobre la pequeña mesa está un despertador, al lado están los viejos periódicos y el álbum fotográfico; sobre la pared cuelgan un espejo y un retrato.

  El hombre viejo tomaba un paseo por las mañanas y un paseo por las tardes; hablaba un par de palabras con su vecino, y por las noches se sentaba a la mesa.

  Nunca cambiaba. Incluso los domingos eran así.

  Y cuando el hombre se sentaba a la mesa, siempre escuchaba hacer tic tac al despertador.

  Pero hubo un día especial: un día con sol, no tan frío ni tan caliente, lleno de gorjeos de pájaros, con gente alegre, con niños que jugaban. Y lo especial fue que, de pronto, todo le gustó al hombre.

  Y sonrió.

—Ahora todo cambiará —pensó.

  Desabrochó el primer botón de su camisa, tomó su sombrero en la mano; aceleró su paso, se balanceó en sus rodillas al caminar y se puso muy contento. Llegó a la calle donde vivía, inclinó la cabeza para saludar a los niños, caminó hasta su casa, subió la escalera, tomó las llaves de la bolsa y cerró su cuarto.

  Pero en su cuarto todo seguía igual: una mesa, dos sillas, una cama. Y cuando se sentó a la mesa, escuchó nuevamente el tic tac y toda su alegría se fue, pues nada había cambiado.

  Entonces al hombre le sobrevino una enorme furia.

  En el espejo vio ruborizar su rostro: cómo cerraba y abría los ojos; entonces hizo puños sus manos, las levantó y golpeó la mesa; primero un golpe, después otro y empezó a golpear y golpear como si tocara un tambor, al tiempo que gritaba una y otra vez:

—¡Tiene que cambiar, esto tiene que cambiar!

  Y dejó de escuchar el despertador.

  Pero sus manos comenzaron a dolerle y su voz se cansó; entonces escuchó otra vez el despertador.

  Nada había cambiado.

—Siempre la misma mesa —dijo el hombre—, las mismas sillas, la misma cama, el mismo cuadro. Y a la mesa le digo mesa, al cuadro le digo cuadro, a la cama la llamo cama y a la silla la nombro silla. ¿Por qué? Los franceses le dicen a la cama “li”, a la mesa “tabl”, al retrato lo nombran “tablo” y a la silla “schäs”, y se entienden. Y los chinos también se entienden.

—¿Por qué la cama no se llamará retrato? —pensó el hombre y se rió, y se rió tanto que el vecino de al lado golpeó en la pared y gritó:

—¡Silencio!

De ahora en adelante todo cambiará —dijo, y a la cama la llamó retrato.

—Estoy cansado, quiero ir al retrato —pensó.

  Por la mañana, se quedó acostado, como acostumbraba, largo rato en el retrato y pensó cómo podría llamar a la silla: y la nombró despertador.

  Por fin se puso de pie, se vistió, se sentó sobre el despertador y apoyó los brazos sobre la mesa. Pero ahora la mesa ya no se llamaba mesa, ahora se llamaba alfombra.

  Por la mañana el hombre dejó el retrato, se vistió, se sentó a la alfombra en el despertador y pensó a quién podría decirle que:

a la cama le dice retrato,

a la mesa le dice alfombra,

a la silla le dice despertador,

al periódico le dice cama,

al espejo le dice silla,

al despertador le dice álbum fotográfico,

al armario le dice periódico,

a la alfombra le dice armario,

al retrato le dice mesa

y al álbum fotográfico le dice espejo.

  Entonces, su misma historia sería:

  Por la mañana, el hombre viejo se quedó, como acostumbraba, largo rato recostado en el retrato. Alrededor de las nueve sonó el álbum fotográfico. El hombre se levantó y se paró sobre el armario para que no se le enfriaran los pies. Tomó su ropa del periódico, se vistió, miró la silla sobre la pared, se sentó después sobre el despertador a la alfombra y hojeó el espejo hasta que encontró la mesa de su madre.

  El hombre halló tan divertido lo que había hecho que practicó todo el día. Se aprendió de memoria las nuevas palabras. Y renombró todo. Entonces ya no fue un hombre sino un pie, y el pie fue una mañana y la mañana un hombre.

  Ahora, ustedes también pueden reescribir la misma historia. Sólo tienen que cambiar los demás términos, tal como hizo el hombre:

sonar es pararse,

enfriarse es ver,

estar acostado es sonar,

estar de pie es enfriarse,

pararse es hojear.

  Y entonces así quedaría:

  Por el hombre, el viejo pie se quedó, como acostumbraba, largo rato sonando. Alrededor de las nueve se acostó el álbum fotográfico, el pie se enfrío y hojeó sobre el armario para no verse las mañanas.

 El hombre viejo se compró un cuaderno y escribió en él hasta llenarlo con sus nuevas palabras. Tuvo mucho que hacer.Se veía tan raro en la calle.

  Entonces aprendió nuevos términos para todas las cosas, y se olvidó más y más de los nombres correctos. Ahora tenía un nuevo idioma que le pertenecía únicamente a él.

  Aquí y allá soñaba el nuevo lenguaje; traducía las canciones de su época escolar a su nuevo idioma y las cantaba en voz baja para sí.

  Pero pronto sintió que ya le era más difícil traducir. Casi había olvidado su antiguo lenguaje y tuvo que buscar las palabras correctas en su cuaderno. Sintió miedo de hablar con la gente. Tuvo que pensar largamente cómo dice la gente las cosas:

a su foto la gente le dice cama,

a su alfombra la gente le dice mesa,

a su despertador la gente le dice silla,

a su cama la gente le dice periódico.

a su silla la gente le dice espejo,

a su álbum fotográfico la gente le dice despertador,

a su periódico la gente le dice armario,

a su armario la gente le dice alfombra,

a su mesa la gente le dice foto

y a su espejo la gente le dice álbum fotográfico.

  Y llegó tan lejos que se reía cuando escuchaba hablar a la gente.

  Por ejemplo, se reía si escuchaba que alguien decía:

—¿Irás mañana también al juego de fútbol?

  O si alguien decía:

—Llueve desde hace dos meses.

 O si alguien decía:

—Tengo un tío en América.

  Y se reía porque no entendía.

 Pero su rostro no fue de felicidad. Su rostro comenzó a entristecerse y así terminó: muy triste.

  El hombre viejo con el abrigo gris no entendía a la gente.

 Lo que no fue tan grave.

  Lo grave fue que la gente no pudo entenderlo.

  Y por eso no dijo nada más.

  Se quedó callado; hablaba sólo con él mismo.

  No volvió ni siquiera a saludar. 

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Miedos – Anton Chejov (Rusia, 1860-1904)

Traducción de Irina Bogdaschevski

  En todo el tiempo que he vivido en este mundo tuve miedo sólo tres veces.

  El primer miedo, que me produjo el hormigueo en el cuerpo y me puso los pelos de punta, obedeció a una causa insignificante, pero extraña. Una vez, por no tener nada que hacer, me dirigí a la estafeta postal para buscar los periódicos. Era un atardecer tranquilo, caluroso, casi sofocante, como aquellos atardeceres monótonos del mes de Julio, que, una vez comenzados, se prolongan en una serie continuada durante una o dos semanas, acaso más aún, y de pronto los interrumpe bruscamente una tormenta fuerte y un soberbio chaparrón cuyo electo refrescante puede durar varios días.

  Se ha puesto el sol y una sombra gris cubría toda la tierra. En el aire inmóvil, estancado, se condensaban emanaciones empalagosas de hierbas y flores.

  Iba yo en un simple carro tirado por el caballo de carga. Detrás, puesta la cabeza en un saco de avena, dormía roncando suavemente el hijo del jardinero, Pashka, un chico de ocho años, que me acompañaba por si fuera necesario en algún momento cuidar del caballo.

  Íbamos por el estrecho, pero recto como una flecha camino vecinal, que se escondía más adelante igual que una serpiente en medio del centeno alto y tupido. Lentamente avanzaba el pálido crepúsculo; la franja aún iluminada del cielo se diluía cubierta con una nube estrecha y deforme, que primero parecía un bote y luego una persona envuelta en una manta…

  Anduve así dos o tres verstas hasta que empezaron a crecer sobre el fondo pálido del ocaso, uno tras otro, siluetas de álamos, altos y esbeltos, luego apareció un río luminoso y se extendió de pronto ante mis ojos, como por arte de magia, un hermoso panorama. Había que detener al caballo, porque el camino recto se cortaba y seguía luego por una vertiente escarpada cubierta de arbustos. Nos quedamos parados en la cima de la colina y debajo de nosotros se abría un gran pozo, un espacio lleno de tinieblas y de formas extrañas. En el fondo de este pozo, sobre ancha planicie, vigilada por la hilera de álamos y acariciada por el brillo del río se albergaba la aldea. Ahora, la aldea ya estaba dormida… Sus chozas, la iglesia con el campanario y los árboles se destacaban sobre el crepúsculo gris y sus imágenes oscuras se reflejaban en la superficie pulida del río.

  Desperté a Pashka para que no se cayera del carro y comencé a bajar lentamente.

-¿Ya llegamos a Lúkovo?- preguntó Pashka, levantando la cabeza perezosamente.

-Hemos llegado. Agarra las riendas.

  Guié al caballo hacia abajo y observé la aldea. Desde el primer vistazo me sorprendió un asunto extraño: en lo más alto del campanario, en una minúscula ventana, entre la cúpula y las campanas vibraba una lucecita. Parecía la de un candil, que por unos instantes se apagaba y luego, de pronto, resplandecía de nuevo. ¿De dónde venía esa luz? Me resultaba incomprensible su origen. No podría haber ninguna llama detrás de la ventanita, porque en la parte alta del campanario no se encontraban ni iconos, ni candiles; allí, lo sabía perfectamente, se acumulaban solamente vigas de madera, polvo y telarañas; subir hasta allí era muy difícil, porque desde el campanario la entrada estaba clausurada.

  Esta llamita parecía ser más bien el reflejo de una luz exterior, pero aguzando con todas las fuerzas mi vista, no pude distinguir ningún otro punto luminoso en todo este enorme espacio que se extendía delante de mí. Tampoco había luna. La pálida, casi apagada franja del crepúsculo no podía reflejarse en el campanario, porque la ventanita no daba al poniente, sino al este. Todas esas reflexiones pasaban por mi cabeza mientras descendía junto con el caballo. Al bajar, me subí otra vez al carro y observé de nuevo la lucecita. El centelleo seguía como antes.

-“¡Qué extraño!- pensé, perdiéndome en conjeturas. -Muy extraño”.

  Y se apoderó de mí, poco a poco, una sensación harto desagradable. Al principio pensé que estaba enfadado por no poder explicar un hecho sencillo, pero luego, cuando volví la cabeza aterrorizado para no ver la lucecita y me aferré a Pashka, me di cuenta de que se estaba apoderando de mí el miedo… Me embargó el sentimiento de soledad, de angustia y temor, corno si me hubieran arrojado contra mi voluntad en ese enorme pozo lleno de tinieblas donde me enfrentaba al campanario que me observaba con su ojo encarnado.

-¡Pashka!- grité aterrorizado, cerrando los ojos.

– ¿Si?

-Pashka, ¿qué es esa luz, la de arriba, la del campanario?

  Pashka miró el campanario por encima de mi hombro y bostezó:

-¿Quién sabe?

  Este corto diálogo con el muchacho me tranquilizó un poco, pero no por mucho tiempo. Pashka se dio cuenta de mi ansiedad, observó con sus grandes ojos la lucecita, me miró de nuevo, luego miró otra vez la lucecita…

-¡Tengo miedo!… -susurró.

  Pues entonces, fuera de mí por el miedo, estreché con un brazo al muchacho contra mi pecho y di un fuerte latigazo al caballo.

– “¡Qué tontería!- me decía a mí mismo. -Este fenómeno es aterrador porque es inexplicable… Todo lo inexplicable es misterioso y por eso mismo aterrador”. Trataba de convencerme, pero al mismo tiempo seguía fustigando al caballo.

  Al llegar a la estafeta postal, me entretuve adrede una hora charlando con el jefe de la estación, leí dos, tres diarios, pero el malestar no me abandonaba todavía. En el camino de regreso la lucecita había desaparecido, sin embargo siluetas de chozas, de álamos y de la colina, a la que teníamos que ascender, me parecían objetos animados. Pero cuál fue el origen de aquella lucecita, no lo pude averiguar hasta hoy. 

  Por segunda vez sufrí un fuerte ataque de pavor, su causa fue también insignificante… Volvía de una cita amorosa, era la una de la mañana, cuando toda la naturaleza se encuentra sumida en un sueño más profundo y más dulce, que precede a la madrugada. Pero aquella vez la naturaleza no estaba dormida y la noche no podría llamarse serena. Silbaban codornices, rascones, ruiseñores, becacinas, chirriaban grillos y saltamontes; se extendía una ligera neblina sobre el pasto y en el cielo, dejando de lado la luna pasaban las nubes corriendo quién sabe adónde. La naturaleza no dormía, como si temiera perder los mejores momentos de su vida.

  Estaba caminado por un sendero estrecho al borde mismo del terraplén del ferrocarril. La luz de la luna se deslizaba por los rieles ya cubiertos de rocío. Grandes sombras de las nubes pasaban a cada rato por el terraplén. Adelante a lo lejos se distinguía una serena y opaca lucecita verde.

-“Quiere decir, que todo está en orden”.- pensé yo, observándola.

  Sentía en el alma silencio, paz y una sensación de bienestar. Volvía de una cita, no había ningún apuro, no tenía ganas de dormir, con cada respiro, con cada paso que retumbaba en medio de los rumores uniformes de la noche me sentía joven y saludable. No me acuerdo bien de todas mis sensaciones de aquel momento, ¡pero sí me acuerdo de haberme sentido bien, muy bien! Después de haber caminado no más de una versta, escuché de pronto detrás de mí un sonido monótono, como si fuera el opaco murmullo de un riacho grande. Con cada segundo el sordo fragor se acercaba más y su intensidad aumentaba. Miré hacia atrás: a cien pasos se distinguía el bosque oscuro que acababa de atravesar. Allí el terraplén doblaba hacia la derecha trazando un hermoso semicírculo y perdiéndose en la espesura. Me detuve perplejo y esperé. Inmediatamente apareció en la curva de la vía una enorme mole negra que, siguiendo los carriles, se dirigía hacia mí y pasó a mi lado con la velocidad de un pájaro. En menos de medio minuto la mole desapareció y el ruido se incorporó a los rumores de la noche.

  Era un simple vagón de carga. El mismo no representaba nada especial, pero su aparición, sin la locomotora de noche, me pareció asombrosa. ¿De dónde provenía y qué clase de fuerza lo empujaba para que corriera con tanta velocidad por los carriles de la vía? ¿Adónde iba?

  Si fuera supersticioso hubiera pensado que los diablos y las brujas se dirigían a sus bailes nocturnos y hubiera seguido mi camino; pero lo que sucedió me resultaba totalmente inexplicable. No podía creer a mis propios ojos y me perdía en las conjeturas, como la mosca en una telaraña…

  Y sentí de pronto que estaba muy solo, solo en todo ese enorme espacio: la noche, que me pareció huraña, observaba mi rostro y espiaba mis pasos; todos los sonidos, los gritos de los pájaros y el susurro de los árboles ya me parecieron siniestros, que existían solo para perturbar mi imaginación.

  Aceleré mis pasos y sin darme cuenta eché a correr corno loco, más y más rápido. Y escuché enseguida el gemido lastimoso de los cables telegráficos, que antes no había notado.

-“¡Al diablo!”- pensaba, tratando de avergonzarme.- “Es una cobardía, es una estupidez…”

  Pero la cobardía es mucho más fuerte que el sentido común. Caminé más tranquilo recién cuando me acerqué corriendo a la luz verde donde distinguí la garita del guardabarreras y a él mismo parado al lado del terraplén.

-¿Lo viste?- pregunté jadeante.

-¿A quién? ¿Qué te pasa?

-¡Pasó por aquí un vagón!

-Lo vi…- dijo el hombre con desgano.- Se desprendió del tren de carga. En la versta ciento veintiuna hay una pendiente abrupta… El tren arrastra los vagones hacia arriba. No aguantaron las cadenas del último vagón que se desprendió y corrió hacia atrás… ¡A ver, si lo alcanzan ahora…!

  El extraño fenómeno tuvo su explicación y desapareció la sensación de algo fantástico. El miedo también desapareció y pude seguir mi camino. 

  La tercera vez que sentí miedo muy fuerte ocurrió en el atardecer de una primavera temprana, al volver de caza. El camino del bosque estaba lleno de charcos de agua a causa de la reciente lluvia y la tierra chapoteaba bajo mis pies. El cielo rojo del ocaso atravesaba todo el bosque, coloreando el follaje joven y los troncos, de los abedules. Me había cansado mucho y me movía apenas.

  Unos cinco o seis verstas antes de llegar a casa, en el sendero del bosque, me encontré con un gran perro negro, de raza “terranova” Al cruzarse conmigo, el perro me miró fijamente a la cara y siguió corriendo.

-“Qué buen perro”…- pensé. “¿De quien será?”

  Miré hacia atrás. El perro estaba parado a diez pasos de distancia y seguía mirándome fijamente. Un minuto, callados, nos estuvimos observando uno al otro, luego el perro, quizás halagado por mi atención, se acercó meneando la cola…

  Seguí mi camino. El perro detrás.

-“¿A quién pertenece ese perro?”- me preguntaba. –“¿De dónde viene?”

  Conocía a todos los terratenientes y sus perros de caza en 30 ó 40 verstas alrededor. Ninguno tenía un “terranova” similar. ¿De dónde pudo haber venido para encontrarse en este bosque perdido, en el camino que nadie frecuentaba excepto los leñadores con sus carros? Tampoco pudo haberse extraviado de algún viajero casual, porque nadie seguiría este camino que no llevaba a ninguna parte.

  Me senté en un tronco y empecé a observar detenidamente a mi compañero de ruta. El también se sentó, levantó la cabeza y con su mirada penetrante me miró… Me miraba sin pestañear. No sé si a causa del profundo silencio, de las sombras y de los sonidos del bosque o, quizá, por haberme cansado tanto, pero bajo la mirada fija de los ojos del perro me sentí de pronto aterrorizado… Me acordé de Fausto y de su bull-dog, de las alucinaciones que sufren las personas extremadamente cansadas. Me bastó para levantarme bruscamente y tratar de alejarme con rapidez, pero el terranova me siguió…

-¡Vete, fuera!- grité otra vez.

  El perro volvió la cabeza, me miró fijamente y movió la cola con alegría. Era evidente, que mi tono severo le parecía divertido. Debería haberlo acariciado, pero la visión del bull-dog de Fausto no me abandonaba y el miedo se hacía más y más agudo… La oscuridad se tornaba más espesa y esto me hacía más impresionable: cada vez que el perro se me acercaba y me tocaba con su cola meneante, yo cerraba los ojos horrorizado. Sucedió lo mismo que me había pasado con el campanario o con el vagón extraviado: no aguanté más y corrí…

  Encontré en casa al huésped, a un viejo amigo mío, quien después de haber saludado, comenzó a quejarse: mientras venía en un coche camino a mi casa, se perdió en el bosque y su buen perro de raza quedó atrás y se perdió también. 

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La leyenda del hombre del cerebro de oro – Alphonse Daudet (Francia, 1840- 1897)

A la dama que me pide cuentos alegres  

  Había una vez un hombre que tenia el cerebro de oro. Cuando nació, los médicos creían que se malograría, porque su cabeza pesaba mucho y su cráneo era desmesurado. Vivió, sin embargo, y se desarrolló al aire libre como un hermoso pie de olivo; sólo que su gruesa cabeza seguía tirando de él, y daba lástima verle toparse con los muebles cuando andaba por la casa. Muchas veces se caía. Un día rodó desde lo alto de unas gradas, y fue a dar con la frente en un escalón de mármol, sonando allí su cabeza como un lingote. Se creyó que había muerto; pero al levantarle, no se le encontró más que una ligera herida, con dos o tres gotitas de metal cuajadas entre sus rubios cabellos. Así es como supieron los padres que el niño tenia los sesos de oro.  

  Túvose el caso secreto; y el pobre niño no sospechó nada. De cuando en cuando preguntaba por qué no le dejaban ya correr por delante de la casas con los chicos de la calle.

-¡Porque te robarían, prenda mía! -le respondió su madre… 

  Entonces le entraba al chico mucho miedo de que lo robasen; y se volvía a jugar solo, sin decir una palabra, arrastrándose pesadamente de una habitación a otra…   

  Hasta los dieciocho años no le revelaron sus padres el don monstruoso con que le hubo favorecido el destino; y como le habían criado y educado hasta aquella edad, le pidieron en recompensa un poco de su oro. El muchacho no vaciló; en el mismo instante (no dice la leyenda cómo y por qué medio) se arrancó del cráneo un pedazo de oro macizo del tamaño de una nuez, y se lo echó orgullosamente a su madre en el regazo… A poco, deslumbrado con las riquezas que llevaba en la cabeza, poseído de los deseos, embriagado con su poder, abandonó la casa paterna, y se fue por el mundo despilfarrando su tesoro. 

   Por el tren regio de vida que llevaba, y por el modo con que iba derramando el oro sin llevar cuenta alguna, se hubiera dicho que su cerebro era inagotable…   Y sin embargo, se iba agotando, y bien se advertía cómo se le apagaba la mirada, y cómo se le hundían las mejillas. Por fin, una mañana, después de una desenfrenada orgía, el desdichado que se había quedado solo entre los restos del festín y las lámparas que palidecían, se asustó de la enorme brecha que había abierto ya en su lingote. Era tiempo de detenerse.   

Desde aquel día emprendió nueva vida. El hombre del cerebro de oro se fue a vivir retirado, con el trabajo de sus manos, receloso y tímido como un avaro, huyendo de las tentaciones y procurando olvidarse de aquellas fatales riquezas que ya no quería tocar… Por desgracia, le había seguido un amigo suyo a su retiro, y aquel amigo conocía su secreto. 

  Una noche se despertó el pobre hombre sobresaltado con un espantoso dolor en la cabeza; saltó de la cama como fuera de si, y a la luz de la luna vio a su amigo que huía escondiendo una cosa debajo de la capa…

  ¡Otro poco de cerebro que le quitaban!

   Al poco tiempo, el hombre del cerebro de oro se enamoró, y esta vez se acabó todo… todo… Amaba con toda su alma a una rubita que también le quería mucho, pero que prefería los perendengues, las plumas blancas, y las lindas bellotitas bronceadas que golpeaban sus botitos.

  Entre las manos de esta monísima criatura, medio pájaro, medio muñeca, las partículas de oro se derretían que era un primor. A ella todo se la antojaba y él no sabía negarle nada; por temor de disgustarla, la ocultó hasta lo último el triste secreto de su fortuna.

-¿Conque somos muy ricos? – decía ella.

 Y el pobre hombre respondía:

-¡Oh, sí… muy ricos! 

  Y miraba con amorosa sonrisa al pajarito azul que se le iba comiendo el cráneo inocentemente. Algunas veces, sin embargo, se apoderaba de él el miedo, le daban tentaciones de ser avaro; pero entonces la mujercita se le acercaba a saltitos y le decía:

-Maridito mío, ya que eres tan rico, cómprame alguna cosita muy cara… 

 Y él le compraba algo de mucho precio.

  Aquello duró como unos dos años. Al cabo, una mañana se murió la mujer, sin saberse la enfermedad, como un pajarito… El tesoro tocaba a su fin. Con lo que le quedaba, el viudo mandó hacer a su amada difunta un hermoso entierro. Doblar de campanas, magnificas carrozas enlutadas, caballos empenachados, lágrimas de plata sobre el terciopelo, nada le pareció demasiado. ¿Qué le importaba ya su tesoro?… Dio para la iglesia, para los enterradores, para los vendedores de siemprevivas; lo repartió por todas partes, sin regatear… Así que al salir del cementerio, no le quedaba casi nada de aquel cerebro maravilloso; sólo algunas partículas en las paredes del cráneo.

  Entonces se le vio andar por las calles con aire extraviado y las manos extendidas hacia delante, tropezando como un borracho. Por la noche, a la hora en que iluminan los bazares, se detuvo delante de un gran escaparate en que las luces hacían resplandecer un barullo de telas y de joyas, y se quedó allí largo rato mirando dos botitas de satén azul forradas de plumón de cisne. 

  Bien sé yo a quién le gustarían mucho estas botitas, pensaba sonriendo, sin acordarse ya de que su mujer había muerto; y entró a comprarlas. 

  Desde el fondo de la trastienda, la vendedora oyó un grito; vino corriendo, y retrocedió de miedo al ver un hombre de pie, que se reclinaba en el mostrador y la miraba tristemente con aspecto atontado. En una mano tenia las botitas azules con ribetes de cisne, y alargaba la otra mano ensangrentada con limaduras de oro en las puntas de las uñas. 

  Tal es la leyenda del hombre del cerebro de oro.

  A pesar de su aspecto de cuento fantástico, esta leyenda es verdadera desde el principio hasta el fin. Hay por esos mundos algunos infelices, condenados a vivir de su cerebro y a pagar en finísimo oro, con su médula y con su sustancia, las cosas más insignificantes de la vida. Para ellos, cada día es un nuevo dolor, y luego, cuando están hartos de sufrir…

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Las abejas de bronce – Marco Denevi (Argentina, 1922- 1998)

  Desde el principio del tiempo el Zorro vivió de la venta de la miel. Era, aparte de una tradición de familia, una especie de vocación hereditaria. Nadie tenía la maña del Zorro para tratar a las Abejas (cuando las Abejas eran unos animalitos vivos muy irritables) y hacerles rendir al máximo. Esto por un lado.

  Por otro lado el Zorro sabía entenderse con el Oso, gran consumidor de miel y, por lo mismo, su mejor cliente. No resultaba fácil llevarse bien con el Oso. El Oso era un sujeto un poco brutal, un poco salvaje, al que la vida al aire libre, si le proporcionaba una excelente salud, lo volvía de una rudeza de maneras que no todo el mundo estaba dispuesto a tolerarle.

  (Incluso el Zorro, a pesar de su larga práctica, tuvo que sufrir algunas experiencias desagradables en ese sentido. Una vez, por ejemplo, a causa de no sé qué cuestión baladí, el Oso destruyó de un zarpazo la balanza para pesar la miel. El Zorro no se inmutó ni perdió su sonrisa. (Lo enterrarán con la sonrisa puesta, decía de él, desdeñosamente, su tío el Tigre.) Pero le hizo notar al Oso que, conforme a la ley, estaba obligado a indemnizar aquel perjuicio. 

—Naturalmente —se rió el Oso— te indemnizaré. Espera que corro a indemnizarte. No me alcanzan las piernas para correr a indemnizarte.

  Y lanzaba grandes carcajadas y se golpeaba un muslo con la mano. 

—Sí —dijo el Zorro con su voz tranquila—, sí, le aconsejo que se dé prisa, porque las Abejas se impacientan. Fíjese, señor. 

  Y haciendo un ademán teatral, un ademán estudiado, señaló las colmenas. El Oso se fijó e instantáneamente dejó de reír. Porque vio que millares de abejas habían abandonado los panales y con el rostro rojo de cólera, el ceño fruncido y la boca crispada, lo miraban de hito en hito y parecían dispuestas a atacarlo. 

—No aguardan sino mi señal —agregó el Zorro, dulcemente—. Usted sabe, detestan las groserías. 

  El Oso, que a pesar de su fuerza era un fanfarrón, palideció de miedo. 

—Está bien, Zorro —balbuceaba—, repondré la balanza. Pero por favor, dígales que no me miren así, ordéneles que vuelvan a sus colmenas. 

—¿Oyen, queriditas? —dijo el Zorro melifluamente, dirigiéndose a las Abejas—. El señor Oso nos promete traernos otra balanza. 

  Las Abejas zumbaron a coro. El Zorro las escuchó con expresión respetuosa. De tanto en tanto asentía con la cabeza y murmuraba: 

—Sí, sí, conforme. Ah, se comprende. ¿Quién lo duda? Se lo trasmitiré. 

  El Oso no cabía en su vasto pellejo. 

—Qué es lo que están hablando, Zorro. Me tienes sobre ascuas. 

  El Zorro lo miró fijo. 

—Dicen que la balanza deberá ser flamante. 

—Claro está, flamante. Y ahora, que se vuelvan. 

—Niquelada. 

—De acuerdo, niquelada. 

—Fabricación extranjera. 

—¿También eso? 

—Preferentemente Suiza. 

—Ah, no, es demasiado. Me extorsionan. 

—Repítalo, señor Oso. Más alto. No lo han oído. 

—Digo y sostengo que… Está bien, está bien. Trataré de complacerlas. Pero ordénales de una buena vez que regresen a sus panales. Me ponen nervioso tantas caras de abeja juntas, mirándome. 

  El Zorro hizo un ademán raro, como un ilusionista, y las Abejas, después de lanzar al Oso una última mirada amonestadora, desaparecieron dentro de las colmenas. El Oso se alejó, un tanto mohíno y con la vaga sensación de que lo habían engañado. Pero al día siguiente reapareció trayendo entre sus brazos una balanza flamante, niquelada, con una chapita de bronce donde se leía: Made in Switzerland.) 

  Lo dicho: el Zorro sabía manejar a las Abejas y sabía manejar al Oso. Pero ¿a quién no sabía manejar ese zorro del Zorro? 

  Hasta que un día se inventaron las abejas artificiales. 

  Sí. Insectos de bronce, dirigidos electrónicamente, a control remoto (como decían los prospectos ilustrativos), podían hacer el mismo trabajo que las Abejas vivas. Pero con enormes ventajas. No se fatigaban, no se extraviaban, no quedaban atrapadas en las redes de las arañas, no eran devoradas por los Pájaros; no se alimentaban, a su vez, de miel, como las Abejas naturales (miel que en la contabilidad y en el alma del Zorro figuraba con grandes cifras rojas); no había, entre ellas, ni reinas, ni zánganos; todas iguales, todas obreras, todas dóciles, obedientes, fuertes, activas, de vida ilimitada, resultaban, en cualquier sentido que se considerase la cuestión, infinitamente superiores a las Abejas vivas. 

  El Zorro enseguida vio el negocio, y no dudó. Mató todos sus enjambres, demolió las colmenas de cera, con sus ahorros compró mil abejas de bronce y su correspondiente colmenar también de bronce, mandó instalar el tablero de control, aprendió a manejarlo, y una mañana los animales presenciaron, atónitos, cómo las abejas de bronce atravesaban por primera vez el espacio. 

  El Zorro no se había equivocado. Sin levantarse siquiera de su asiento, movía una palanquita, y una nube de abejas salía rugiendo hacia el norte, movía otra palanquita, y otro grupo de abejas disparaba hacia el sur, un nuevo movimiento de palanca, y un tercer enjambre se lanzaba en dirección al este, et sic de ceteris. Los insectos de bronce volaban raudamente, a velocidades nunca vistas, con una especie de zumbido amortiguado que era como el eco de otro zumbido; se precipitaban como una flecha sobre los cálices, sorbían rápidamente el néctar, volvían a levantar vuelo, regresaban a la colmena, se incrustaban cada una en su alvéolo, hacían unas rápidas contorsiones, unos ruiditos secos, trie, trac, cruc, y a los pocos instantes destilaban la miel, una miel pura, limpia, dorada, incontaminada, aséptica; y ya estaban en condiciones de recomenzar. Ninguna distracción, ninguna fatiga, ningún capricho, ninguna cólera. Y así las veinticuatro horas del día. El Zorro se frotaba las manos. 

  La primera vez que el Oso probó la nueva miel puso los ojos en blanco, hizo chasquear la lengua y, no atreviéndose a opinar, le preguntó a su mujer: 

—Vaya, ¿qué te parece? 

—No sé —dijo ella—. Le siento gusto a metal. 

—Sí, yo también. 

  Pero sus hijos protestaron a coro: 

—Papá, mamá, qué disparate. Si se ve a la legua que esta miel es muy superior. Superior en todo sentido. ¿Cómo pueden preferir aquella otra, elaborada por unos bichos tan sucios? En cambio ésta es más limpia, más higiénica, más moderna y, en una palabra, más miel. 

  El Oso y la Osa no encontraron razones con qué rebatir a sus hijos y permanecieron callados. Pero cuando estuvieron solos insistieron: 

—Qué quieres, sigo prefiriendo la de antes. Tenía un sabor… 

—Sí, yo también. Hay que convenir, eso sí, en que la de ahora viene pasterizada. Pero aquel sabor… 

—Ah, aquel sabor… 

  Tampoco se atrevieron a decirlo a nadie, porque, en el fondo, se sentían orgullosos de servirse en un establecimiento donde trabajaba esa octava maravilla de las abejas de bronce. 

—Cuando pienso que, bien mirado, las abejas de bronce fueron inventadas exclusivamente para nosotros… —decía la mujer del Oso. El Oso no añadía palabra y aparentaba indiferencia, pero por dentro estaba tan ufano como su mujer. 

  De modo que por nada del mundo hubieran dejado de comprar y comer la miel destilada por las abejas artificiales. Y menos todavía cuando notaron que los demás anímales también acudían a la tienda del Zorro a adquirir miel, no porque les gustase la miel, sino a causa de las abejas de bronce y para alardear de modernos. 

  Y, con todo esto, las ganancias del Zorro crecían como un incendio en el bosque. Tuvo que tomar a su servicio un ayudante y eligió, después de meditarlo mucho, al Cuervo, sobre todo porque le aseguró que aborrecía la miel. Las mil abejas fueron pronto cinco mil; las cinco mil, diez mil. Se comenzó a hablar de las riquezas del Zorro como de una fortuna fabulosa. El Zorro se sonreía y se frotaba las manos. 

  Y entretanto los enjambres iban, venían, salían, entraban. Los animales apenas podían seguir con la vista aquellas ráfagas de puntos dorados que cruzaban sobre sus cabezas. Las únicas que, en lugar de admirarse, pusieron el grito en el cielo, fueron las arañas, esas analfabetas. Sucedía que las abejas de bronce atravesaban las telarañas y las hacían pedazos. 

—¿Qué es esto? ¿El fin del mundo? —chillaron las damnificadas la primera vez que ocurrió la cosa. 

  Pero como alguien les explicó luego de qué se trataba, amenazaron al Zorro con iniciarle pleito por daños y perjuicios. ¡Qué estupidez! Como decía la mujer del Oso: 

—Es la eterna lucha entre la luz y la sombra, entre el bien y el mal, entre la civilización y la barbarie. 

  También los Pájaros se llevaron una sorpresa. Porque uno de ellos, en la primera oportunidad en que vio una abeja de bronce, abrió el pico y se la tragó. ¡Desdichado!

  La abeja metálica le desgarró las cuerdas vocales, se le embutió en el buche y allí le formó un tumor, de resultas del cual falleció al poco tiempo, en medio de los más crueles sufrimientos y sin el consuelo del canto, porque había quedado mudo. Los demás Pájaros escarmentaron. 

  Y cuando ya el Zorro paladeaba su prosperidad, comenzaron a aparecer los inconvenientes. Primero una nubecita, después otra nubecita, hasta que todo el cielo amenazó tormenta. La cadena de desastres quedó inaugurada con el episodio de las peonías de la Gansa. Una tarde, al vaciar una colmena, el Zorro descubrió entre la miel rubia unos goterones grises, opacos, repugnantes. Los probó con la punta del dedo y los halló amargos y de un olor nauseabundo. Tuvo que tirar toda la miel restante, que había quedado contaminada. Y estaba en eso cuando la Gansa entró como un huracán. 

—Zorro —silabeó—, ¿recuerdas aquellas peonías artificiales con que adornaba el porch de mi casa y que eran un recuerdo de mi finado marido? ¿Las recuerdas? Y bien: mira lo que tus abejas han hecho de mis peonías. 

  Alzó una mano. El Zorro miró, vio una masa informe, comprendió y, como buen comerciante, no anduvo con rodeos. 

—¿Cuánto? —preguntó. 

—Veinte pesos —respondió la Gansa. 

—Quince. 

—Veinticuatro. 

—Dieciséis. 

—Veintiocho. 

—¿Estás chiflada? Si crees que esto es la Bolsa… 

—No creo que sea la Bolsa. Pero hago correr los intereses. 

—¡Basta! Toma tus veinte pesos. 

—Treinta y dos. 

—Está bien, no sigas, me rindo. 

  Cuando la Gansa, recontando su dinero, hubo desaparecido, el Zorro se abandonó a todos los excesos del furor. Se paseaba por la tienda, daba patadas en el suelo, golpeaba con el puño las paredes, gritaba, aunque entre dientes: 

—La primera vez, la primera vez que alguien me saca dinero. Y miren quién, esa imbécil de Gansa. Treinta y dos pesos por unas peonías artificiales que no valen más de cuarenta. Y todo por culpa de las abejas de bronce, malditas sean. La falta de instinto les hace cometer equivocaciones. Han confundido flores artificiales con flores naturales. Las otras jamás habrían caído en semejante error. Pero quién piensa en las otras. En fin, no todo es perfecto en esta vida. 

  Otro día, una abeja, al introducirse como una centella en la corola de una azucena, degolló a un Picaflor que se encontraba allí alimentándose. La sangre del pájaro tiñó de rojo la azucena. Pero como la abeja, insensible a olores y sabores, no atendía sino sus impulsos eléctricos, libó néctar y sangre, todo junto. Y la miel apareció después con un tono rosa que alarmó al Zorro. Felizmente su empleado le quitó la preocupación de encima. 

—Si yo fuese usted, Patrón —le dijo con su vocecita ronca y su aire de solterona—, la vendería como miel especial para niños. 

—¿Y si resultase venenosa? 

—En tan desdichada hipótesis yo estaría muerto, Patrón. 

—Ah, de modo que la ha probado. De modo que mis subalternos me roban la miel. ¿Y no me juró que la aborrecía? 

—Uno se sacrifica, y vean cómo le pagan —murmuró el Cuervo, poniendo cara de dignidad ultrajada—. La aborrezco, la aborreceré toda mi vida. Pero quise probarla para ver si era venenosa. Corrí el riesgo por usted. Ahora, si cree que he procedido mal, despídame, Patrón. 

  ¿Qué querían que hiciese el Zorro, sino seguir el consejo del Cuervo? Tuvo un gran éxito con la miel rosa especial para niños. La vendió íntegramente. Y nadie se quejó. (El único que pudo quejarse fue el Cerdo, a causa de ciertas veleidades poéticas que asaltaron por esos días a sus hijos. Pero ningún Cerdo que esté en su sano juicio es capaz de relacionar la extraña locura de hacer versos con un frasco de miel tinta en la sangre de un Picaflor.) 

  El Zorro se sintió a salvo. Pobre Zorro, ignoraba que sus tribulaciones iban a igualar a sus abejas. 

  Al cabo de unos días observó que los insectos tardaban cada vez más tiempo en regresar a las colmenas. 

  Una noche, encerrados en la tienda, él y el Cuervo consideraron aquel nuevo enigma. 

—¿Por qué tardan tanto? —decía el Zorro—. ¿A dónde diablos van? Ayer un enjambre demoró cinco horas en volver. La producción diaria, así, disminuye, y los gastos de electricidad aumentan. Además, esa miel rosa la tengo todavía atravesada en la garganta. A cada momento me pregunto: ¿Qué aparecerá hoy? ¿Miel verde? ¿Miel negra? ¿Miel azul? ¿Miel salada? 

—Accidentes como el de las peonías no se han repetido, Patrón. Y en cuanto a la miel rosa, no creo que tenga de qué quejarse. 

—Lo admito. Pero ¿y este misterio de las demoras? ¿Qué explicación le encuentra? 

—Ninguna. Salvo… 

—¿Salvo qué?

  El Cuervo cruzó gravemente las piernas, juntó las manos y miró hacia arriba. 

—Patrón —dijo, después de reflexionar unos instantes—. Salir y vigilar a las abejas no es fácil. Vuelan demasiado rápido. Nadie, o casi nadie, puede seguirlas. Pero yo conozco un pájaro que, si se le unta la mano, se ocuparía del caso. Y le doy mi palabra que no volvería sin haber averiguado la verdad. 

—¿Y quién es ese pájaro? 

—Un servidor. 

  El Zorro abrió la boca para cubrir de injurias al Cuervo, pero luego lo pensó mejor y optó por aceptar. Pues cualquier recurso era preferible a quedarse con los brazos cruzados, contemplando la progresiva e implacable disminución de las ganancias. 

  El Cuervo regresó muy tarde, jadeando como si hubiese vuelto volando desde la China. (El Zorro, de pronto, sospechó que todo era una farsa y que quizá su empleado conocía la verdad desde el primer día.) Su cara no hacía presagiar nada bueno. 

—Patrón —balbuceó—, no sé cómo decírselo. Pero las abejas tardan, y tardarán cada vez más, porque no hay flores en la comarca y deben ir a libarlas al extranjero. 

—Cómo que no hay flores en la comarca. ¿Qué tontería es esa? 

—Lo que oye, Patrón. Parece ser que las flores, después que las abejas les han sorbido el néctar, se doblan, se debilitan y se mueren. 

—¡Se mueren! ¿Y por qué se mueren? 

—No resisten la trompa de metal de las abejas. 

—¡Diablos! 

—Y no termina ahí la cosa. La planta, después que las abejas le asesinaron las flores…

—¡Asesinaron! ¡Le prohíbo que use esa palabra! 

—Digamos mataron. La planta, después que las abejas le mataron sus flores, se niega a florecer nuevamente. Consecuencia: en toda la comarca no hay más flores. ¿Qué me dice, Patrón? 

  El Zorro no decía nada. Nada. Estaba alelado. 

  Y lo peor es que el Cuervo no mentía. Las abejas artificiales habían devastado las flores del país. Entonces pasaron a los países vecinos, después a los más próximos, luego a los menos próximos, más tarde a los remotos y lejanos, y así, de país en país, dieron toda la vuelta al mundo y regresaron al punto de partida. 

  Ese día los Pájaros se sintieron invadidos de una extraña congoja, y no supieron por qué. Algunos, inexplicablemente, se suicidaron. El Ruiseñor quedó afónico y los colores del Petirrojo palidecieron. Se dice que, por ejemplo, los ríos dejaron de correr y las fuentes, de cantar. No sé. Lo único que sé es que, cuando las abejas de bronce, de país en país, dieron toda la vuelta al mundo, ya no hubo flores en el mundo, ya no hubo flores ni en el campo, ni en las ciudades, ni en los bosques. 

  Las abejas volvían de sus viajes, anidaban en sus alvéolos, se contorsionaban, hacían trie, trac, cruc, pero el Zorro no recogía ni una miserable gota de miel. Las abejas regresaban tan vacías como habían salido. 

  El Zorro se desesperó. Sus negocios se desmoronaron. Aguantó un tiempo gracias a sus reservas. Pero incluso estas reservas se agotaron. Debió despedir al Cuervo, cerrar la tienda, perder la clientela. 

  El único que no se resignaba era el Oso. 

—Zorro —vociferaba—, o me consigues miel o te levanto la tapa de los sesos. 

—Espere. Pasado mañana recibiré una partida del extranjero —le prometía el Zorro. Pero la partida del extranjero no llegaba nunca. 

  Hizo unas postreras tentativas. Envió enjambres en distintas direcciones. Todo inútil. El trie, trac, cruc como una burla, pero nada de miel. 

  Finalmente, una noche el Zorro desconectó todos los cables, destruyó el tablero dé control, enterró en un pozo las abejas de bronce, recogió sus dineros y al favor de las sombras huyó con rumbo desconocido. 

  Cuando iba a cruzar la frontera escuchó a sus espaldas unas risitas y unas vocecitas de vieja que lo llamaban. 

—¡Zorro! ¡Zorro! 

  Eran las arañas, que a la luz de la luna tejían sus telas prehistóricas.

  El Zorro les hizo una mueca obscena y se alejó a grandes pasos.

  Desde entonces nadie volvió a verlo jamás. 

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La liebre dorada – Silvina Ocampo (Argentina, 1903- 1994)

  En el seno de la tarde, el sol la iluminaba como un holocausto en las láminas de la historia sagrada. Todas las liebres no son iguales, Jacinto, y no era su pelaje, créeme, lo que la distinguía de las otras liebres, no eran sus ojos de tártaro ni la forma caprichosa de sus orejas; era algo que iba mucho más allá de lo que nosotros los hombres llamamos personalidad. Las innumerables trasmigraciones que había sufrido su alma le enseñaron a volverse invisible o visible en los momentos señalados para la complicidad con Dios o con algunos ángeles atrevidos. Durante cinco minutos, a mediodía, siempre hacía un alto en el mismo lugar del campo; con las orejas erguidas escuchaba algo.

   El ruido ensordecedor de una catarata que ahuyenta los pájaros y el chisporroteo del incendio de un bosque, que aterra las bestias más temerarias, no hubieran dilatado tanto sus ojos; el antojadizo rumor del mundo que recordaba, poblado de animales prehistóricos, de templos que parecían árboles resecos, de guerras cuyas metas los guerreros alcanzaban cuando las metas ya eran otras, la volvían más caprichosa y más sagaz. Un día se detuvo, como de costumbre, a la hora en que el sol cae a pique sobre los árboles, sin permitirles dar sombra, y oyó ladridos, no de un perro, sino de muchos, que corrían enloquecidos por el campo. 

 De un salto seco, la liebre cruzó el camino y comenzó a correr; los perros corrieron detrás de ella confusamente.

—¿Adónde vamos? —gritaba la liebre, con voz temblorosa, de relámpago.

—Al fin de tu vida —gritaban los perros con voces de perros. 

   Este no es un cuento para niños, Jacinto; tal vez influida por Jorge Alberto Orellana, que tiene siete años y que siempre me reclama cuentos, cito las palabras de los perros y de la liebre, que lo seducen. Sabemos que una liebre puede ser cómplice de Dios y de los ángeles, si permanece muda, frente a interlocutores mudos. Los perros no eran malos, pero habían jurado alcanzar la liebre sólo para matarla. La liebre penetró en un bosque, donde las hojas crujían estrepitosamente; cruzó una pradera, donde el pasto se doblaba con suavidad; cruzó un jardín, donde había cuatro estatuas de las estaciones, y un patio cubierto de flores, donde algunas personas, alrededor de una mesa tomaban café. Las señoras dejaron las tazas, para ver la carrera desenfrenada que a su paso arrasaba con el mantel, con las naranjas, con los racimos de uvas, con las ciruelas, con las botellas de vino. El primer puesto lo ocupaba la liebre, ligera como una flecha; el segundo, el perro pila; el tercero, el danés negro; el cuarto, el atigrado grande; el quinto, el perro ovejero; el último, el lebrel.

  Cinco veces la jauría, corriendo detrás de la liebre, cruzó el patio y pisó las flores. En la segunda vuelta, la liebre ocupaba el segundo puesto, y el lebrel siempre el último. En la tercera vuelta, la liebre ocupaba el tercer puesto. La carrera siguió a través del patio; lo cruzó dos veces más, hasta que la liebre ocupó el último puesto. Los perros corrían con la lengua afuera y con os ojos entrecerrados. En ese momento empezaron a describir círculos, que se agrandaban o se achicaban a medida que aceleraban o disminuían la marcha. El danés negro tuvo tiempo de levantar un alfajor o algo parecido, que conservó en su boca hasta el final de la carrera. La liebre les gritaba:

—No corran tanto, no corran así. Estamos paseando. 

  Pero ninguno la oía, porque su voz era como la voz del viento. 

  Los perros corrieron tanto, que al fin cayeron exánimes, a punto de morir, con las lenguas afuera, como largos trapos rojos. La liebre, con su dulzura relampagueante, se acercó a ellos, llevando en el hocico trébol húmedo que puso sobre la frente de cada uno de los perros. Éstos volvieron en sí.

—¿Quién nos puso agua fría en la frente? —preguntó el perro más grande—, y ¿por qué no nos dio de beber?

—¿Quién nos acarició con los bigotes? —dijo el perro más pequeño—. Creí que eran las moscas.

—¿Quién nos lamió la oreja? —interrogó el perro más flaco, temblando.

—¿Quién nos salvó la vida? —exclamó la liebre, mirando a todos lados.

—Hay algo distinto —dijo el perro atigrado, mordiéndose minuciosamente una pata.

—Parece que fuéramos más numerosos.

—Será porque tenemos olor a liebre —dijo el perro pila rascándose la oreja—. No es la primera vez. 

  La liebre estaba sentada entre sus enemigos. Había asumido una postura de perro. En algún momento, ella misma dudó de si era perro o liebre.

—¿Quién será ese que nos mira? —preguntó el danés negro, moviendo una sola oreja.

—Ninguno de nosotros —dijo el perro pila, bostezando.

—Sea quien fuere, estoy demasiado cansado para mirarlo —suspiró el danés atigrado. 

  De pronto se oyeron voces que llamaban:

—Dragón, Sombra, Ayax, Lurón, Señor, Ayax.

  Los perros salieron corriendo y la liebre quedó un momento inmóvil, sola, en el medio del campo. Movió el hocico tres o cuatro veces, como husmeando un objeto afrodisíaco. Dios o algo parecido a Dios la llamaba, y la liebre acaso revelando su inmortalidad, de un salto huyó.