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Narrativa

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Michael Ende (Alemania, 1929-1995) Traducción: Anton y Genoveva Dieterich.

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Mi madrina me regaló La historia interminable, de Ende, cuando egresé de la primaria. Ese verano lo leí entero y, aunque ya había visto la película (la saga La historia sin fin se basa en esta novela), lo seguí releyendo siempre, entero o por capítulos, y me gustó cada vez más. Varios años después encontré en una librería El espejo en el espejo, tal vez una de las obras menos conocidas de este autor, y lo leí con la misma fascinación. Una serie de relatos surrealistas que se suceden, sin títulos, y se repliegan al final en uno que recoge elementos de varios de los anteriores y nos deja preguntándonos si acabamos de leer un libro de cuentos o una novela. Acá reproduzco el primero y algunos de los siguientes.

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  Perdóname, no puedo hablar más alto.

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  No sé cuándo me oirás, tú, a quien me dirijo.

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  ¿Y acaso me oirás?

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  Mi nombre es Hor.

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  Te ruego que acerques tu oído a mi boca, por lejos que estés de mí, ahora o siempre. De otro modo no puedo hacerme entender por ti. Y aunque te avengas a satisfacer mi ruego quedarán bastantes secretos que tendrás que develar por tu cuenta, necesito tu voz donde la mía falla.

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  Esta debilidad se explica quizás por la manera de vivir de Hor. Habita, hasta donde puedo recordar, un edificio gigantesco, completamente vacío, en el que cada palabra pronunciada en voz alta produce un eco interminable.

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  Hasta donde puede recordar. ¿Qué significa?

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  En sus diarias caminatas por salas y pasillos Hor sigue encontrándose a veces con el eco errante e algún grito proferido imprudentemente en otros tiempos. Le resulta muy penoso encontrarse así con su pasado, sobre todo porque la palabra pronunciada entonces ha llegado a perder forma y contenido hasta volverse irreconocible. A esos balbuceos idiotas no se expone ya Hor.

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  Se ha acostumbrado a utilizar su voz –si es que la utiliza- por debajo de ese umbral vacilante a partir del que podría producirse un eco. Este umbral se halla sólo un poco por encima del silencio total, pues la casa es de una sonoridad cruel.

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  Sé que exijo mucho, pero tendrás que contener incluso la respiración si te interesa escuchar las palabras de Hor. Sus órganos vocales se han atrofiado con tanto silencio –se han transformado.

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  Hor no podrá hablar contigo con mayor claridad que la que es propia de aquellas voces que oyes poco antes de quedar dormido. Y tendrás que hacer equilibrios en el estrecho margen entre el sueño y la vigilia o flotar como aquellos para los que arriba y abajo significa lo mismo.

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  Mi nombre es Hor.

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  Mejor sería decir: me llamo Hor. ¿Pues quién, aparte de mí, me llama por mi nombre?

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  ¿He mencionado ya que la casa está vacía? Quiero decir completamente vacía. Para dormir, Hor se acurruca en un rincón o se acuesta donde esté en ese momento, incluso en medio de una sala cuando las paredes están demasiado lejos.

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  La comida no le preocupa a Hor. La substancia de la que están hechas paredes y columnas es comestible –al menos para él-. Es una masa amarillenta, ligeramente transparente, que sacia muy de prisa el hambre y la sed. Además, las necesidades de Hor son escasas en este sentido.

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  El paso del tiempo no significa nada para él. No tiene posibilidad de medirlo, excepto con el latido de su corazón. Pero éste es muy desigual. Hor no conoce los días ni las noches, siempre le roda la misma penumbra.

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  Cuando no duerme, vaga de un lado a otro, pero no persigue ninguna meta. Es sencillamente un impulso, una necesidad que le divierte satisfacer. Sólo de vez en cuando llega a una pieza que cree reconocer, que le parece conocida, como si ya hubiese estado en ella en tiempos inmemoriales. Por otro lado, señales inconfundibles le permiten a menudo inferir que pasa por un lugar en el que ya estuvo una vez –una esquina mordisqueada, por ejemplo, o un montón de excrementos resecos-. Sin embargo, la pieza en sí le resulta a Hor tan extraña como las demás. Quizás las habitaciones se transforman durante la ausencia de Hor, crecen, se extienden o encogen. Quizás es el paso de Hor el que provoca estas transformaciones, pero a él no le gusta esa idea.

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  Que aparte de Hor alguien habite la casa, me parece imposible. Claro que no hay pruebas de ello debido a la inimaginable amplitud de la construcción. Es tan poco imposible como probable.

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  Muchas habitaciones tienen ventanas, pero éstas sólo se abren a otras piezas, generalmente más amplias. Aunque la experiencia no le ha enseñado hasta ahora nada diferente, a veces Hor imagina que llega a una última pared extrema cuyas ventanas ofrecen una vista de algo completamente distinto. Hor no puede decir lo que podría ser, pero a veces se entrega a largas reflexiones sobre ello. Sería falso afirmar que anhela esa vista –es sólo una especie de juego, un inventar intencionado de diversas posibilidades-. En sus sueños, sin embargo, Hor ha disfrutado a veces de tales visitas, aunque al despertar no recordara nada digno de mención. Sólo sabe que era así y que solía despertarse anegado en lágrimas. Pero Hor le da poca importancia, lo menciona porque es extraño…

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  Me he expresado mal. Hor no sueña nada, y no tiene recuerdos propios. Y sin embargo, toda su existencia está llena de los horrores y goces de experiencias que asaltan su espíritu a la manera del recuerdo súbito.

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  Claro que no siempre. A veces su espíritu permanece mucho tiempo como una superficie de agua inmóvil, pero en otros momentos estas experiencias le asaltan por todos los lados, le acosan, le golpean como rayos y entonces corre por los pasillos vacíos, se tambalea, hasta que cae agotado al suelo y se queda tumbado y vomita. Pues ante esto Hor se halla indefenso.

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  A la manera del recuerdo súbito. ¿Lo dije así?

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  Me llamo Hor.

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  ¿Pero quién es: yo-Hor? ¿Soy sólo uno? ¿O soy dos y tengo las experiencias de aquel segundo? ¿Soy muchos? ¿Y todos los demás que son yo viven allí, fuera de aquel extremo y último muro? ¿Y todos ellos no saben nada de sus experiencias, nada de sus recuerdos, porque éstos no pueden quedarse afuera con ellos? Ah, pero con Hor sí se quedan, viven con su vida, le acometen sin compasión. Se funden con él.  Tira de ellos como de una cola que se arrastra interminable por las salas y habitaciones y sigue creciendo y creciendo.

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  ¿O acaso os llega también algo de mí a los que estáis ahí afuera, a uno o a muchos, que sois uno conmigo como las abejas con la reina? ¿Me sentís, miembros de mi cuerpo disperso? ¿Oís mis palabras inaudibles, ahora o sin tiempo? ¿Acaso me buscas tú, mi otro? ¿A Hor que eres tú mismo? ¿A tu recuerdo que está conmigo? ¿Nos aproximamos a través de espacios infinitos como estrellas, paso a paso e imagen por imagen?

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  ¿Y nos encontraremos una vez, algún día o sin tiempo?

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  Pero entonces verás: yo he guardado todo fielmente.

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  Mi nombre es Hor.

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  Oscuro como un pantano es el rostro de la madre. Está sentada con sus anchas caderas sobre la mesa, masticando. Contra la pared se apoya el reloj de pie, un gigante que marca las horas sin pausa, las horas del arrepentimiento, las horas de las oraciones, las horas del crepúsculo, las horas de la mañana, el día con sus horas.

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  Y la noche.

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  La madre no mira al gigante. Dirige la vista a la ventana y escupe con desdén. Afuera germina la semilla, florece y se marchita.

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  En el oscuro pasillo se mueve una sombra escuálida, su marido.

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  -¿Hago café?- pregunta malhumorado.

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La madre no ha oído nada. Está roncando. Y mientras ronca pare tres hijos. El niño está muerto, las dos niñas viven.

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  El hombre coge a las niñas y las lleva a la habitación, donde ya hay muchos niños. Al niño lo deposita fuera en el sembrado. La madre se ha despertado y mastica de nuevo. El hombre va al establo y se emborracha. Las vacas rumian, como la madre.

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  El hombre sacrifica una vaca. La madre se la come, y él y los hijos. La simiente germina. Todos comen pan y beben a cucharadas la leche de la madre y las vacas.

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  El hombre está acostado sobre la estufa y duerme. La madre vuelve a parir dos hijos. Las vacas rumian. El padre sacrifica a la madre. Se la come con los hijos, también el perro recibe un pedazo. El hombre se da cuenta de su equivocación, va al establo y se emborracha.

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  Mientras tanto, la hija mayor trepa a la mesa. Una sombra se mueve en el pasillo, un hombre extraño. El reloj de pie marca las horas del crepúsculo y otras.

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  Y la noche.

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  La hija pare dos hijos. Cuando el padre regresa y ve todo, llora un poco. Más tarde se tumba al sol y se queda tendido.

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  El desconocido le entierra bajo la simiente que germina. La hija mastica. El hijo se dirige al establo y se emborracha.

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 El puente que estamos construyendo desde hace muchos siglos nunca estará terminado. Como una mano tendida que nadie estrecha, sobresale por encima de las rocas escarpadas de la frontera de nuestro país, debajo de la que se abre al negro abismo sin fondo. Su amplio arco desaparece en alguna parte a lo lejos de la espesa niebla que se eleva constantemente de la profundidad.

  Una construcción semejante no se puede concluir si alguien no viene al encuentro construyendo desde el lado opuesto. Y nosotros no hemos podido descubrir un indicio de que al otro lado se trabaje también en un proyecto semejante. Es probable que allí todavía no hayan notado nada de nuestros esfuerzos.

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  Muchos de nosotros dudan incluso que exista siquiera un lado opuesto. Esas gentes han fundado a lo largo de los últimos dos siglos una iglesia propia apartada de la antigua doctrina ortodoxa, cuyos miembros reciben el nombre de los Unilaterales. Originalmente era sólo un mote que les dieron los ortodoxos, más tarde lo adaptaron ellos mismos y desde entonces lo llevan con cierto orgullo. Sus convicciones, por cierto, no les impiden en absoluto seguir participando con todas sus fuerzas en la construcción del puente, tal como lo prescribe nuestra ética. Por eso tampoco se les persigue ya hoy como sucedía a veces en otros tiempos, sino que se considera que tienen los mismos derechos o casi. Se les reconoce por un pequeño corte vertical en el lóbulo de la oreja izquierda con el que manifiestan su unilateralidad. Los otros, en cambio, que forman la mayoría ortodoxa, se llaman los Medios. No dudan de la existencia de otro lado, pero saben que es inalcanzable.

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  Aunque en nuestro lado el puente nunca ha progresado más allá de la mitad, se desarrolla sobre él un intenso tráfico. A todas horas del día y de la noche pueden verse allí carros, jinetes, caminantes, sillas de mano y porteadores marchando en ambas direcciones. Sin intercambios comerciales con el otro lado no podríamos existir, pues todos los medicamentos y una gran parte de nuestros alimentos vienen de allí. Nosotros les suministramos a cambio vasijas de barro de todo tipo, ladrillos, utensilios de metal y cera mineral que extraemos de nuestras minas.

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  A veces resulta difícil explicar a los extranjeros que aceptamos sin dificultades este hecho que a ellos les parece una contradicción evidente, y que vivimos con él. Nuestra religión nos prohíbe –y aquí no hay ninguna diferencia entre Unilaterales y Medios– dudar de que sólo existe aquella parte del puente que hemos construido nosotros mismos. Algunos fanáticos y heresiarcas que ha habido de vez en cuando en nuestra historia fueron conducidos directamente al lugar donde termina y obligados a continuar. Naturalmente, se precipitaban al abismo.

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  A quien no haya nacido y crecido en nuestro país podrá resultarle difícil comprender que la condición para que exista tráfico entre nosotros y el otro lado reside precisamente en que estamos profundamente convencidos de que es imposible. Si pusiésemos seriamente en duda este fundamento de nuestra doctrina, tendría que hundirse irremisiblemente –de eso estamos seguros y todos nuestros libros sagrados lo confirman- la parte del puente construida por nosotros y estaríamos perdidos. Así que los viajeros deberán controlar sus lenguas y no tratar de indagar con demasiada obstinación el secreto de nuestra fe. Se exponen a correr la misma suerte que los herejes de nuestro propio pueblo. 

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  Experimentarían entonces en su propia carne que nuestro puente no ha sido terminado y que entre nosotros y el otro lado sigue existiendo el abismo. 

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 En las bodas, por cierto nada escasas, entre un hijo o una hija de nuestro país y una hija o un hijo del otro lado, estos últimos declaran solemnemente que no existen. La diferencia entre nuestras dos confesiones consiste únicamente en que la fórmula de los Unilaterales dice: “No he venido de ninguna parte, pues el lugar de mi origen no existe. Por eso no soy nadie y así te tomo por marido (por mujer)”, mientras que la de los Medios dice: “De donde vengo es imposible que viniese, por eso no estoy aquí y así te tomo por marido (por mujer).” Con esta ceremonia se adquiere en nuestro país  el pleno derecho de ciudadanía y a partir de entonces se es una persona real con todos los derechos y deberes conyugales.

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  Es una habitación y al mismo tiempo un desierto. Las paredes desnudas se alzan lejanas y brumosas en el horizonte. Alrededor nada más que arena, montículo, interminable en todas las direcciones. Arriba en el cenit cuelga un sol candente, ¿o es una lámpara con una pantalla de esmalte azulado? La deslumbrante luz mata todos los colores, deja sólo superficies blancas y sombras negras: el esqueleto de la luz, cegador, insoportable, mortífero, el maligno brillo de un aparato de soldar cósmico.

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  La habitación tiene dos puertas gigantescas, colocadas en la incandescencia azul del cielo, una al Norte y otra al Sur sobre el horizonte tembloroso.

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  De la puerta septentrional, una huella serpenteante de pequeños cráteres de arena conduce hacia el desierto. Allí avanza un hombre pequeño como una hormiga. A cada paso se hunde hasta los tobillos, se tambalea, rema con los brazos.

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  Es el novio.

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  Su rostro está quemado por el sol, la piel resquebrajada y llena de ampollas, los labios blancos de saliva seca. Pelo incoloro, pálido, rodea su cabeza revuelto y tieso como si fueses de paja. Sus gafas, que se resbalan constantemente por la nariz sudorosa, las empuja una y otra vez a su sitio con sorda paciencia. En la mano izquierda balancea un viejo sombrero de copa abollado. El chaqué de la boda que lleva puesto quizás le sentaba bien en otros tiempos, pero ahora le está demasiado grande, los faldones le cuelgan hasta los talones. La tela está raída y se deshace por algunas partes. La camisa se ha salido del pantalón, pues éste también está demasiado amplio y tiene que subírselo a cada tres pasos. Un pie va metido en un zapato de charol cuya suela se desprende, el otro pie va envuelto en un pañuelo sucio para protegerle al menos un poco de la arena abrasadora.

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  Unos veinte metros por delante de este hombre marcha otro, un funcionario quizás: ropa extremadamente correcta, traje oscuro, sombrero oscuro, carpeta en una mano, en la otra un paraguas tersamente enrollado. Su rostro es un poco pálido y no tiene ningún rasgo distintivo, está como borrado.

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  La distancia entre ambos caminantes aumenta lenta pero constantemente. El novio se apresura, jadea luchando por respirar, se cae, se levanta, sigue su marcha dando tumbos, vuelve a caerse.

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-¡Oiga, por favor! -grita, y su voz suena aguda y agotada como la de una vieja- ¡Espéreme! Quisiera preguntarle una cosa.

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  El hombre sin rostro ha oído perfectamente la llamada, pero sigue caminando un buen trecho todavía, antes de detenerse y volverse suspirando como si se tratase de los lloriqueos de un niño maleducado que trata por enésima vez de retenerle con algún pretexto. Apoyado con desgana en su paraguas, contempla cómo el novio trepa penosamente la duna sobre la que él se encuentra.

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-¡Haga el favor de darse prisa! -dice con frialdad-. ¿Qué quiere ahora?

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-Dígame -jadea el novio pensando visiblemente lo que quería preguntar en realidad-, dígame, por favor, ¿queda mucho todavía?

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  Al hablar se despegan sus labios hinchados con dificultad.

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-Nada más que unos pasos -contesta el otro, tan correcto como antes-, hasta aquella puerta.

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  Al mismo tiempo señala con el paraguas la puerta al sur. Hace ademán de volverse para seguir caminando, pero el novio le sujeta.

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-Perdone -logra articular con esfuerzo-, ¿a dónde, en este momento lo he olvidado, a dónde vamos en realidad?

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-A reunirnos con su novia, señor mío -explica el otro y se nota que ya ha tenido que dar esa respuesta a menudo. Recalca cada sílaba y habla en voz alta como si se dirigiese a un sordo o a un tonto-. Le llevo a la habitación de su novia.

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  El novio le mira un rato fijamente con la boca abierta, luego se da con la mano en la frente y se ríe precipitadamente, como si quisiera disculparse. Esboza una sonrisa mientras dice:

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-Cuando hayamos llegado a su casa todo estará en orden, ¿verdad? ¿No me pondrá peros, sólo porque ya no estoy tan bien vestido? Es todo por ella, supongo que lo comprenderá. Lo que he padecido la convencerá del amor que siento por ella. Me creerá, de eso estoy seguro. Me recibirá con los, brazos abiertos.

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-Cuando hayamos llegado a su casa -constata el otro objetivamente.

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-Claro, claro -murmura el novio-, será pronto, muy pronto. Por eso he escogido el camino directo desde aquella puerta de allí atrás a esta puerta de ahí delante. El camino directo es el más corto, ¿verdad? Eso lo saben hasta los niños.

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-No -dice el otro, inexpresivo-, no en la habitación del mediodía. Se lo dije desde el principio, pero usted no quería creerlo. Cualquier rodeo hubiese sido más corto. Usted ni siquiera me escuchó. Y ahora es demasiado tarde. Ya hemos ido demasiado lejos.

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  El novio pasa por los labios agrietados una lengua seca como la yesca.

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-Entonces podré hacer con ella lo que quiera -susurra-, tendrá que tolerarlo todo sin protestar. Después de todo, es mi novia. Pero yo no lo haré. No le haré nada malo, ¿comprende lo que quiero decir? Ella es muy bella y joven. Completamente inocente, ¿sabe? En todo caso seré cariñoso con ella, delicado y discreto. Que yo haya tomado el camino directo no significa que la quiera coger por sorpresa. Le daré tiempo.

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  El acompañante guarda silencio y contempla desinteresado el horizonte.

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  El novio mira un rato fijamente su dedo gordo que sobresale del zapato de charol, luego pregunta de pronto, desconfiado:

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-Es bella y joven mi novia, ¿verdad? Quiero decir… lo sigue siendo, ¿no? ¡Por favor, diga su opinión con toda sinceridad!

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-Sobre eso no tengo ninguna opinión -responde el hombre sin rostro.

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   El novio se frota la frente.

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-Sí, sí, ya sé. Sólo que… hace ya tanto tiempo de todo. Apenas sé cómo era. A decir verdad, ya no conozco a esa persona. Una muchacha desconocida cualquiera. ¿Cómo se llamaba? Dios mío, llevamos ya tanto tiempo en camino.

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-Venimos de aquella puerta -dice la voz fría- y nos dirigimos a aquélla. Eso es todo.

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-No lo entiendo -confiesa el novio-, sencillamente no entiendo que esté tan lejos.

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-Usted no lo comprende -repite el otro dando media vuelta para irse-, pero su novia está esperando. ¡Venga!

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  El novio le agarra una vez más de la manga.

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-¿Cómo lo sabe? Quizás hace tiempo que no espera ya. O no ha esperado nunca. Podrían haber surgido problemas. Entonces habría asumido en vano toda esta carga. Haría el ridículo.

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-Eso -responde la voz seca- ya lo verá cuando pase por esa puerta que tiene delante.

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-Esa puerta -susurra el novio- es inalcanzable, siempre queda delante de nosotros, siempre igual de lejos… Eso es un espejismo, no una puerta.

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-¡Tonterías! -dice el otro sin sonreír-. Un espejismo aparece y desaparece. Pero esa puerta estaba ahí desde el principio y ha permanecido en su sitio, sin cambiar en absoluto.

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  El novio asiente.

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-Sí, sin cambiar… desde entonces, cuando me puse en camino, cuando aún era joven.

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-Así que no es ningún espejismo -responde el acompañante en tono categórico, echando a andar.

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  Durante largo tiempo los dos hombres caminan uno al lado del otro, pero poco a poco vuelve a producirse entre ellos la distancia que va en aumento. De nuevo grita el novio y de nuevo el hombre correctamente vestido se detiene al cabo de un rato y le espera apoyado en el paraguas. El novio se deteriora por momentos, su ropa cuelga ahora en andrajos de su cuerpo, también parece haberse vuelto más pequeño y más viejo.

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-Entonces -balbucea ahogadamente, haciendo un movimiento incierto en dirección a la puerta septentrional con el sombrero de copa del que sólo queda el ala-, entonces aún estaba fuerte, ¿recuerda? Entonces era yo quien caminaba por delante, no usted, ¿se acuerda?

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-A veces -puntualiza el otro-, muy pocas.

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  El novio sacude tercamente la cabeza.

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-No, no. Usted apenas podía dominarme, le costaba trabajo guardar el paso conmigo. Entonces era yo más joven que usted, querido amigo. Mucho más joven y más fuerte. Era un joven imponente.

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-Yo -contesta el acompañante- sigo teniendo la misma edad.

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  El novio se quita con la mano el polvo de la cara arrugada.

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-Recuerdo -susurra- que cuando salimos por la puerta estaba sentada en el suelo una mujer viejísima, diminuta, como resecada por el sol. No llevaba sobre el cuerpo más que algunos jirones de telas de araña. Quizás era el resto de su velo de novia. ¡Pobre vieja! Sentí asco de sus pechos lacios que estaban delgados y vacíos como pliegues rugosos. ¡Pero la mirada con que me miró! He tenido que pensar a menudo en ella. Tenía los ojos medio ciegos, hundidos. Y me tendió la mano en la que sujetaba un par de tallos de rosa secos. La mirada me recordaba algo o alguien. Lo he olvidado. Sólo sé que sentí vergüenza por ella, por ser tan vieja y fea. Saqué el clavel rojo del ojal y se lo tiré. Ella lo cogió en el aire y rió con su boca desdentada. Creo que le alegró mi regalo. Sí, entonces yo era realmente un joven imponente y fuerte como un toro. Pensaba, sólo unos pasos y estaré con ella, con mi novia. Tenía prisa. Por eso quería llegar a ella por el camino directo.

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-¡Venga, venga! -dice el acompañante, ahora ya casi un poco impaciente.

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  Pero el novio tiene algo que decir todavía, aunque le cuesta trabajo hablar de manera inteligible.

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-¿No cree usted también -dice con un graznido- que sería más prudente esperar a que anocheciese? Al refrescar, sería más fácil proseguir la marcha.

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-¡Por favor -responde el hombre sin rostro-, le ruego que se domine! Está usted complicándolo todo. Nos encontramos en el cuarto de mediodía. Los anocheceres están en otra parte. Vea usted mismo, aquí no arrojamos prácticamente ninguna sombra. La luz está en el cenit, inalterada e inalterable.

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  El novio asiente con tristeza, deja caer los brazos y dice:

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-No puedo más.

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  El acompañante hurga, indiferente, con su paraguas en la arena.

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-Eso ya lo ha dicho cien veces. ¿Tengo que apelar otra vez a su sentido de la responsabilidad? Le están esperando. Su novia cuenta cada minuto. Le desea como sólo una mujer puede desear. ¿Es que eso no significa nada para usted?

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-¡Sí, sí! -se apresura a asegurar el novio.

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  De nuevo caminan ambos un largo trecho, horas o años, bajo la luz resplandeciente.

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  De pronto el novio se tira al suelo, rodando sobre la espalda, y grita al cielo con labios llenos de costras:

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-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué es tan largo el camino? No llegaré nunca. Nunca, nunca veré ni abrazaré a mi novia. ¿Por qué no pude decirle sencillamente que la deseaba, que quería tenerla, que anhelaba sentir su piel, su cuerpo? -un ataque de tos le sacude y no puede seguir hablando.

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  El acompañante espera impasible a que se le pase, luego dice:

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-Todo eso lo hizo usted. Usted dijo esas cosas y así figuran textualmente en los documentos -con el paraguas golpea ligeramente la carpeta de cuero.

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  El novio mueve un rato los labios, perplejo.

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-Pero ¿por qué -balbucea finalmente-, por qué estoy entonces aquí y no con ella? ¿Por qué voy siempre a su encuentro sin alcanzarla nunca? ¿Por qué? ¿Por qué?

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-Porque usted lo quería así a toda costa -dice el otro mirándole desde arriba-. Se le dijo una y otra vez que el camino directo era el más largo. Usted no escuchó siquiera. ¿Me escucha al menos ahora?

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-Sí -grazna el novio. Mira fijamente al acompañante durante un largo rato, luego empieza a reírse. Suena como un chillido. El otro espera sin moverse. Finalmente el novio traga secamente y susurra-: ¿Así que me han engañado las matemáticas, simplemente?

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-No -dice el acompañante-, allí el cálculo es correcto.

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  El novio deja caer de nuevo la cabeza en la arena y mira al sol. Los ojos le duelen como si los atravesase un hierro candente, pero no le vienen las lágrimas. Ya no tiene. Deja pasar arena entre sus dedos y murmura:

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-De modo que así son las cosas. Me rindo. Abandono. No quiero seguir. Abandono.

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-¡Ánimo! -dice el acompañante, pero lo dice sin ninguna simpatía-. Allí está ya la puerta. Sólo quedan unos pasos.

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  El novio sigue dejando pasar la arena entre sus dedos. El acompañante le levanta en vilo y le sostiene delante de sí con los brazos extendidos, tan ligero se ha vuelto. Sus piernas se bambolean en el aire como las de un muñeco.

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-Ya no veo nada -susurra-, ya no tengo ojos.

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-¿Y su novia? -pregunta el otro.

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-Ya no sé nada. No entiendo nada. No quiero nada. No tengo novia. Nunca la tuve. Nunca deseé. Nunca amé. Nunca existí. Déjeme en paz, por favor.

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  Pero el acompañante no cede.

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-No tiene usted derecho a renunciar a su existencia. Sólo piensa en sí mismo. Pero ha asumido responsabilidades. Como hombre de carácter, no puede deshacerse de ellas sin más.

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-Carácter… -susurra el novio, bamboleando aún las piernas-; me pregunto por qué no se encarga usted de mi tarea. La señorita se alegrará. Usted es aún joven, en todo caso más joven que yo.

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  El acompañante le suelta. Cae a la arena como un montón de harapos. Con los ojos guiñados trata de ver al hombre sin rostro que se alza sobre él.

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-Nuestras obligaciones -oye decir a la voz concisa- no son las mismas.

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  El novio juega con la arena.

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-Obligaciones… -susurra con una risita-, obligaciones…

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  Ahora el otro casi se enfada por primera vez.

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-Realmente se pone usted como si se tratase de su vida.

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-Y así es -contesta el novio, asintiendo apenado-, se trata de mi vida, retroactivamente, ¿comprende? Soy un hombre viejo, pero no he tenido vida. Me han anulado todo. Alguien me ha escamoteado la vida, no sé quién. Y ahora ya no la quiero. No quiero haber tenido nunca una vida. Contra eso no puede usted hacer nada.

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-Sí -dice el otro-, yo le llevaré los últimos pasos.

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  El novio lanza una risita. -Los últimos pasos…, ¡no podrá!

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-¡Permítame! -dice el otro y sin esperar una contestación coge al novio en brazos. Este coloca un delgado bracito alrededor del hombro del acompañante y apoya su vacilante cabecita de anciano en su cuello. Así recorren un largo trecho del camino. Aunque el novio no pesa ya apenas, por fin se le duerme el brazo a su portador y le deja deslizarse al suelo.

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-Los últimos pasos… -se burla triunfante el novio-, ¡lo ve, lo ve!

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  El hombre sin rostro no contesta. Engancha el puño de su paraguas en el cuello del chaqué, o más bien en lo que queda de él, y arrastra al novio detrás de sí por la arena.

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  De nuevo transcurre un tiempo interminable.

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  El novio se da cuenta de que el otro le ha soltado y trata de liberarse del montón de harapos. -Hemos llegado -oye decir a la voz indiferente-, ya le había dicho que sólo eran unos pasos. El novio se sienta con un último esfuerzo y abre los ojos. La luz penetra en él como metal hirviendo y lanza un grito que ni siquiera percibe él mismo.

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  Ante su mirada apagada, oscila la puerta. Se abre. La vista que se le ofrece es un grado más oscura que el azul brumoso del cielo que le rodea. En ese marco se encuentra una muchacha alta, de piernas largas, vestida sólo con un velo vaporoso de novia que cae de su cabeza y envuelve su cuerpo, transparente como una delicada niebla. Su rostro está casi oculto por esa niebla, pero con tanta mayor claridad se ven sus largos y finos miembros, sus muslos, sus pequeños pechos, su vientre plano y la sombra nocturna de su regazo. En la mano lleva un ramo de rosas.

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-Por fin -exclama ella-, ¡estoy casi muerta de deseo! ¿Dónde está? ¿Dónde está?

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  El acompañante se vuelve hacia el novio, pero éste alza con gran esfuerzo una mano y coloca suplicante un dedito huesudo delante de su boca hundida y desdentada.

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  El acompañante se encoge imperceptiblemente de hombros y se dirige a la novia.

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-Su novio la espera detrás de la puerta septentrional. Si quiere, la conduzco hasta él por el camino directo.

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-Vamos -exclama ella-, vamos de prisa, sólo unos pasos y estaré junto a él.

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  Ella quiere echar a correr, pero se detiene porque el novio le tiende la mano. Desconcertada, le contempla un instante, luego le tira una rosa del ramo que lleva en la mano.

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  El novio alza su mirada hacia el acompañante, que ha contemplado la escena cruzado de brazos y que ahora dice en voz baja:

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-Al menos os habéis encontrado. Lo habéis hecho ya a menudo y lo haréis una y otra vez. Eso no pueden decirlo todos.

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  Luego sigue a la muchacha, que se adentra en el desierto a grandes pasos hacia la otra puerta que se alza gigantesca en el horizonte septentrional. Las dos figuras se vuelven cada vez más pequeñas entre los montículos de arena y al final sólo queda una huella serpenteante de minúsculos cráteres de arena.

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  El novio les sigue con ojos lechosos mientras sus dedos acarician la rosa.

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-¡Qué bella es -susurra-, Dios mío, qué bella es!

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Y mientras cae hacia atrás en la arena murmurando aún:

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-¿Me encontrará allí, detrás de la otra puerta?  

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Artículos sobre Michael Ende en Imaginaria

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Fragmentos de El espejo en el espejo, La historia interminable y Momo en El poder de la palabra

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Narrativa

Heinrich Böll (Alemania, 1917- 1985). Traducción: José Moral Arroyo. .

 La primera vez que leí algo de Heinrich Böll tenía nueve o diez años. Estaba leyendo el prólogo a uno de los libros de la Colección Tobogán de Ediciones Orión, donde Böll hablaba de lo que consideraba que era la literatura. Me acuerdo particularme de cómo describía las rondas de cuentos que se hacían en su casa desde que él tenía memoria, donde todos se reunían a contar historias oralmente. Después leí, en otro libro de Ediciones Orión, el cuento La balanza de los Balek y quedé muy impresionada. Siempre me acordé de Böll y cuando, ya más grande, vi La aventura y otros relatos (volumen al que pertenecen estos cuentos) lo compré y leí ávidamente, y muchos de ellos me impresionaron tanto como La balanza de los Balek varios años atrás. Si bien Böll ha sido muy leído y comentado, los cuentos aquí reunidos tal vez no lo hayan sido tanto.

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Aventuras de un macuto (1950)

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  En septiembre de 1914 fue llamado a filas a uno de los rojos cuarteles de ladrillo  de Bromberg un hombre llamado Joseph Stobski, quien, si bien según sus papeles era ciudadano alemán, apenas dominaba el idioma de su patria oficial. Stobski tenía veintidós años, era relojero y no había hecho el servicio militar debido a “deficiencias constitucionales”; provenía de un pueblecito polaco adormilado que se llamaba Niestronno, había vivido arrinconado en el cuarto de atrás de la choza paterna, dibujado grabados, delicados grabados en el oro falso de los relojes de pulsera y reparado los relojes de los campesinos; en los descansos, echaba el pienso al cerdo, ordeñaba la vaca y, por la tarde, cuando la oscuridad caía sobre Niestronno, no iba a la taberna, ni al baile, sino que incubaba un invento, con los dedos sucios de aceite tanteaba infinitas ruedecillas, liaba cigarrillos que se consumían casi todos solos sobre el borde de la mesa, mientras su madre contaba los huevos y se quejaba del enorme consumo del petróleo.

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  Pertrechado con su caja de cartón ingresó en el rojo cuartel de ladrillo de Bromberg, aprendió la lengua alemana, por lo menos la que abarcaba el vocabulario de consignas, órdenes y piezas del fusil; además se familiarizó con el oficio del soldado de infantería. En las horas de instrucción decía haiga en lugar de haya, cañon en lugar de cañón, blasfemaba en polaco, rezaba en polaco y, por las tardes, contemplaba melancólico el paquetito con las ruedecillas sucias de aceite en el armario marrón oscuro antes de irse a la ciudad para ahogar en aguardiente su justo dolor.

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  Tragaba la arena de los brezales de Tuchel, escribía postales a su madre, le enviaban tocino, los domingos se evadía de los oficios divinos oficiales y se iba a escondidas a una iglesia polaca, donde podía arrojarse sobre las losas, llorar y rezar, aunque tales sentimientos no estuvieran en consonancia con un soldado vestido con el uniforme de la infantería prusiana.

.   En noviembre de 1914 se le consideró lo bastante instruido como para viajar a Flandes atravesando toda Alemania. Había arrojado el suficiente número de granadas en la arena de los brezales de Tuchel, había disparado lo indispensable en el campo de tiro, y Stobski envió a su madre el paquetito con las ruedecillas sucias de aceite, escribió además una tarjeta postal, se dejó meter en un vagón de ganado y comenzó el viaje a través de su patria oficial, cuya lengua materna, al menos por lo que se refería a órdenes, dominaba ya. Dejó que unas exuberantes muchachas alemanas le sirvieran café, que metieran flores en el cañón de su fusil, aceptó cigarrillos, una vez recibió incluso el beso de una mujer de cierta edad, y un hombre con quevedos, apoyado en la barrera de la estación, le gritó con voz muy clara unas palabras en latín de las que Stobski sólo comprendió “tandem”. Con dicha palabra, se dirigió en busca de ayuda a su inmediato superior, el cabo Habke, quien a su vez le murmuró algo como “bicicleta”, negándose a dar más explicaciones. Así fue como Stobski, sin darse cuenta, dejándose besar y besando, cargado de flores, chocolate y cigarrillos, atravesó el Oder, el Elba, el Rin y diez días después fue descargado en la oscuridad, enana sucia estación belga. Su compañía se reunió en el patio de una granja y el capitán gritó en la oscuridad algo que Stobski no comprendió. Luego le dieron gulasch con fideos que pasó a las bocas rápidamente desde una cocina de campaña que había en un establo mal iluminado. El suboficial Pillig pasó otra vez revista, le soltó una corta arenga y, diez minutos después, la compañía marchaba hacia el oeste; desde ese cielo occidental llegaba el famoso sonido atronador parecido a una tempestad, a veces venían desde allí ladridos rojizos, comenzó a llover, la compañía dejó la carretera, casi trescientos pies andaban a tientas por sendas enfangadas; cada vez se acercaba más esa tempestad artificial, las voces de los oficiales y suboficiales se hicieron roncas, todo se volvió desagradable. A Stobski le dolían los pies, le dolían muchísimo, además estaba cansado, muy cansado, pero siguió arrastrándose hacia delante, a través de oscuros pueblos, por sucios caminos, y a medida que se iban acercando, la tempestad se oía cada vez más desagradable, cada vez más artificial. Entonces, las voces de oficiales y suboficiales adquirieron una curiosa suavidad, casi ternura y, a derecha e izquierda, se oía desde invisibles caminos y sendas el trote de infinitos pies. Stobski se dio cuenta de que estaban ya en medio de la tempestad artificial, que en parte ya la habían superado, pues tanto delante como detrás de ellos sonaba el rojizo aullador, y, cuando dieron la orden de desplegarse, corrió a la derecha del camino, se pegó al cabo Habke, oyó gritos, explosiones, tiros y las voces de los oficiales y suboficiales se volvieron de nuevo roncas. A Stobski le seguían doliendo los pies, le dolían los pies, le dolían muchísimo, se olvidó de Habke, se sentó en un prado húmedo que olía a estiércol de vaca y pensó lo que en polaco correspondía aproximadamente al dicho de Götz von Berlichingen. Se quitó el casco, dejó el fusil en la hierba a su lado, soltó las hebillas a su macuto, pensó en sus amadas ruedecillas sucias de aceite y se durmió en medio de un estruendo altamente bélico. Soñó con su madre polaca, que freía tortitas en la pequeña y caliente cocina, y le pareció raro que las tortitas, en cuanto parecían estar a punto, explotaban en la sartén con un gran ruido y no quedaba nada de ellas. Su madrecita iba echando cada vez con mayor rapidez trozos de masa con el cucharón, las tortitas se juntaron al freír, explotaron un momento antes de estar listas y de repente su madrecita se enfureció –Stobski tuvo que sonreír en sueños, pues su madrecita jamás se enfurecía en serio-  y echó todo el contenido de la masa de un golpe en la sartén; una torta grande, espesa, amarilla, tan grande como la sartén, que fue aumentando, tostándose, hinchándose; la madre de Stobski sonrió complacida, tomó la paleta para pasteles, la empujó bajo la torta y -¡pum!- se oyó una explosión espantosa, y Stobski ya no tuvo tiempo de despertarse, pues estaba muerto.

  A cuatrocientos metros del lugar donde fue alcanzado Stobski unos soldados de su compañía encontraron ocho días después en una trinchera inglesa su macuto con un trozo del desgarrado cinturón; en este mundo no se encontró nada más de él. Y cuando se halló en la trinchera inglesa el macuto de Stobski con un trozo de salchichón de su pueblo, la ración de reserva y un libro de oraciones en polaco se supuso que el día del ataque Stobski, en una acción de increíble arrojo heroico, se adentró en las líneas inglesas y murió allí. Y así fue cómo la madrecita polaca recibió en Niestronno una carta del capitán Hummel, que informaba de la gran heroicidad del soldado raso Stobski. La madrecita le pidió al párroco que le tradujera la carta, lloró, dobló la carta, la guardó entre las sábanas y encargó tres misas de difuntos.

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  Pero los ingleses recuperaron rápidamente la trinchera y el macuto de Stobski cayó en manos del soldado inglés Wilkins Grayhead.  Éste se comió el salchichón, arrojó extrañado el devocionario polaco en el barro flamenco, enrolló el macuto y se lo guardó en su mochila.  Grayhead perdió la pierna izquierda dos días después, fue transportado a Londres, dado de baja nueve meses más tarde del Royal Army, se le adjudicó una pequeña renta y se hizo portero de un banco londinense, pues ya no podía ejercer el honorable oficio de conductor de tranvía.

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  Ahora bien, los ingresos de un portero no son magníficos y Wilkins había traído de la guerra dos vicios: se emborrachaba y fumaba, y, como sus ingresos no le bastaban, comenzó a vender las cosas que le parecían superfluas; y para él casi todo era superfluo. Vendió sus muebles, se los bebió, vendió toda su ropa menos un traje muy raído y, cuando ya no tuvo nada que vender, recordó el sucio hatillo que había dejado en el sótano al ser licenciado del Royal Army. Y entonces vendió la oxidada pistola del ejército que había sustraído, un toldo de tienda de campaña, un par de zapatos y el macuto de Stobski. (Unas pocas palabras más sobre Wilkins Grayhead: degeneró. Entregado sin remedio a la bebida, perdió el honor y el puesto, se hizo maleante, terminó en la cárcel a pesar de la pierna perdida que reposaba en Flandes y terminó allí sus días, corrompido hasta la médula, haciendo de todo.)

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  El macuto de Stobski permaneció exactamente diez años en la lúgubre cueva de un traficante de trapos viejos de Soho, hasta el año 1926. el verano de dicho año, el chamarilero Luigi Banollo leyó muy atentamente la carta de una cierta casa Handsuppers Ltd. que evidenciaba tan abiertamente su interés por toda clase de material de guerra que Banollo se frotó las manos. Revisó con su hijo todas sus existencias y salieron a la luz: veintisiete pistolas de reglamento, cincuenta y ocho marmitas de campaña, más de cien toldos para tienda de campaña, treinta y cinco mochilas, dieciocho macutos y veintiocho pares de zapatos, todos procedentes de los diferentes ejércitos europeos. Por todo el pedido, Banollo recibió un cheque por valor de 18,20 libras esterlinas, librado contra un banco de los más sólidos de Londres. Banollo, calculando en bruto, había obtenido una ganancia del quinientos por ciento. Banollo junior consideró ante todo la desaparición de los zapatos como un alivio casi indescriptible, pues él estaba encargado de cepillarlos, darles grasa, en una palabra, de cuidarlos, una tarea cuya envergadura comprenderá cualquiera que haya tenido que cuidar alguna vez un par de zapatos.

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  Pero la casa Handsuppers Ltd. vendió todos los trastos que había comprado a Banollo con una ganancia del ochocientos cincuenta por ciento (eran sus intereses normales) a un estado sudamericano que hacía tres semanas había llegado al convencimiento de que un país vecino le amenazaba y se había decidido a adelantarse a dicha amenaza.  El macuto del soldado raso Stobski, que había sobrevivido al transporte en la panza de un sucio buque (la casa Handsuppers sólo se servía de buques sucios), fue a parar a manos de un alemán llamado Reinhold von Adams, quien había hecho suya la causa del estado sudamericano por un anticipo de cuarenta y cinco pesetas.  Von Adams se había bebido ya doce de las cuarenta y cinco pesetas cuando fue instado a hacer realidad su promesa y a avanzar bajo la dirección del general Lalango y en los labios el grito de”Victoria y botín”, sobre la frontera del país vecino. Pero Adams recibió una bala entre los dos ojos y el macuto de Stobski fue a parar a manos de un alemán llamado Wilhem Habke, quien, por un anticipo de sólo treinta y cinco pesetas, había hecho suya la causa del otro país sudamericano. Habke se embolsó el macuto, las restantes treinta y tres pesetas y, además, encontró un pedazo de pan y media cebolla, que había prestado su olor a los billetes. Pero las ideas éticas y estéticas de Habke eran mínimas: añadió su paga, hizo que le pagaran treinta pesetas de anticipo al ser nombrado cabo del victorioso ejército nacional y, cuando abrió la solapa del macuto y vio en ella el sello en tinta negra VII/2/II, se acordó de su tío Joachim Habke, que había servido y caído en ese regimiento; entonces le invadió una gran nostalgia. Pidió el retiro, recibió un retrato del general Gublánez y llegó tras muchos rodeos a Berlín y, al tomar el tranvía en el zoológico para dirigirse a Spandau, pasó, sin tener la menor idea, ante la intendencia del ejército donde el macuto de Stobski había estado almacenado en 1914 durante ocho días antes de ser enviado a Bromberg.

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  Habke fue recibido amablemente por sus padres, volvió a su verdadero oficio de expedidor de comercio, pero pronto demostró su inclinación a los errores políticos. El año 1929 se alistó al partido del feo uniforme pardo, descolgó de la pared el macuto, que tenía sobre la cama junto al retrato del general Gublánez, y lo dedicó a fines más prácticos: lo añadió al uniforme pardo cuando se iba los domingos al brezal a hacer instrucción. En los entrenamientos, Habke destacaba por sus conocimientos militares; se tiró sus faroles, presumió de jefe de batallón en aquella guerra sudamericana, aclaró detalladamente cuándo, cómo y dónde había puesto en acción armamento pesado. Había olvidado que todo lo que hizo fue meterle una bala entre los ojos al pobre Von Adams, robarle sus pesetas y hacerse dueño del macuto. Habke se casó en 1929 y en 1930 su mujer dio a luz a un niño al que pusieron el nombre de Walter. Walter creció sano, aunque sus dos primeros años de vida estuvieron bajo el signo del subsidio de paro; pero ya desde los cuatro años tuvo todas las mañanas galletas, leche condensada y naranjas y, cuando cumplió los siete, recibió de su padre el desteñido macuto con las palabras: “Consérvalo con honor, proviene de tu tío abuelo Joachim Habke, quien de soldado raso ascendió a capitán, sobrevivió dieciocho batallas y fue fusilado en 1918 por los rebeldes rojos. Yo mismo lo llevé en la guerra sudamericana en la que era sólo teniente coronel y donde habría podido llegar a general, si la patria no me hubiera reclamado”.

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  Walter hizo un altísimo honor al macuto: lo unió a su propio uniforme pardo desde el año 1936 al 1944. a menudo se acordaba de su heroico tío abuelo, de su heroico padre y, cuando pernoctaba en algún granero, colocaba el macuto cuidadosamente bajo su cabeza. En él guardaba pan, queso fundido, mantequilla y su cancionero; lo cepillaba, lo lavaba y era tanto más feliz cuando el color amarillento se iba convirtiendo en un delicado blanco. No podía imaginarse que el legendario y heroico tío abuelo había muerto siendo cabo en el barro de los campos de Flandes, no lejos del lugar donde un impacto había matado al soldado raso Stobski.

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  Walter cumplió los quince, aprendió a duras penas inglés, matemáticas y latín en el instituto de Spandau, veneraba el macuto y creía en los héroes hasta que él mismo se vio obligado a ser uno de ellos. Hacía mucho tiempo que su padre había sido llevado a Polonia para imponer el orden de alguna forma en algún lugar y, poco después de que el padre regresara furioso de Polonia, fumando cigarrillos y murmurando “traición”, paseando de aquí para allá en el estrecho cuarto de estar de Spandau, poco después Walter Habke fue obligado a ser un héroe.

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  Una noche de marzo de 1945 se encontraba a la salida de un pueblecito de Pomerania detrás de una ametralladora, escuchaba el ronco tronar tempestuoso que sonaba exactamente igual que en las películas; apretó el gatillo de la ametralladora, agujereó la noche oscura y sintió ganas de llorar. Oyó voces en la noche, voces que no conocía, siguió disparando, metió otro cargador, disparó y, cuando hubo agotado el segundo cargador, se dio cuenta de que reinaba un silencio absoluto. Estaba solo. Se levantó, se enderezó el cinturón, se aseguró deque llevaba el macuto y se adentró lentamente en la noche, hacia el oeste. Había comenzado a hacer algo muy nocivo para la heroicidad: había comenzado a pensar, pensaba en el estrecho pero acogedor cuarto de estar, sin saber que pensaba en algo que ya no existía; el joven Banollo, quien una vez tuvo en sus manos el macuto de Walter, ya había cumplido entretanto los cuarenta, había volado sobre Spandau en un bombardero, había abierto la escotilla y destruido el estrecho pero acogedor cuarto de estar, y el padre de Walter se paseaba ahora de arriba abajo en el sótano del vecino, fumaba cigarrillos, murmuraba “traición” y tenía un sentimiento desordenado cuando pensaba en el orden que había impuesto en Polonia.

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  Walter siguió andando pensativo en la noche hacia el oeste; encontró al fin un granero abandonado, se sentó, puso el macuto sobre sus piernas, lo abrió, comió chusco, margarina, un par de caramelos y así le encontraron unos soldados rusos: durmiendo, con rostro lloroso, un quinceañero, con cargadores ya disparados al cuello y olor a caramelos ácidos en su aliento.  Lo agregaron a empujones a un convoy y Walter Habke partió hacia el este. Jamás volvería a ver Spandau.

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  Mientras tanto, Niestronno había sido alemán, volvió a ser polaco, otra vez alemán, otra vez polaco y la madre de Stobski tenía setenta y cinco años. La carta del capitán Hummel seguía en el armario que, desde hacía mucho tiempo, ya no albergaba sábanas: la señora Stobski guardaba allí patatas, muy al fondo, detrás de las patatas guardaba un jamón grande, enana fuente de porcelana había huevos y en la oscuridad, en lo más hondo, un bidón de aceite. Debajo de la cama se amontonaba la leña y en la pared brillaba la rojiza lamparilla de aceite ante la imagen de la Virgen de Chestokova. Detrás de la casa, en el establo, haraganeaba un cerdo flaco, ya no había vaca, y en la casa alborotaban los siete hijos de los Wolniak, cuya viviendo de Varsovia había sido destruida. Y fuera, en la calle, pasaba mucha gente: soldados derrotados con pies desgarrados y rostros ensombrecidos. Pasaban casi cada día. Al principio, Wolniak permaneció quieto en la calle, lanzando juramentos, agarrando de vez en cuando una piedra, tirándola incluso, pero ahora se había quedado atrás, donde antaño Joseph Stobski reparaba relojes, grababa pulseras y trabajaba por la noche en sus ruedecillas sucias de aceite.

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  En 1939 habían pasado ante ellos, hacia el este, prisioneros polacos, otros prisioneros polacos hacia el oeste, después pasaron prisioneros rusos hacia el oeste y ahora, desde hacía tiempo, pasaban hacia el este prisioneros alemanes, y aunque las noches eran todavía frías y oscuras y profundo el sueño de las gentes de Niestronno, se despertaban cuando, en la noche, hería las calles el suave trote de unos pies.

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  La señora Stobski era una de las primeras en levantarse en Niestronno. Se ponía un abrigo sobre el camisón verdoso, encendía la estufa, llenaba de aceite la lamparilla ante la imagen de la Virgen, llevaba la ceniza al estercolero, echaba el pienso al flaco cerdo y regresaba a su cuarto para mudarse e ir a misa. Y una mañana de abril de 1945 encontró en el umbral de su casa a un hombre rubio, muy joven, que sujetaba fuertemente con sus manos un macuto descolorido. La señora Stobski no gritó. Dejó en el alféizar de la ventana el bolso negro de punto en el que llevaba el devocionario, un pañuelo y unas briznas de tomillo, se inclinó sobre el joven y vio inmediatamente que estaba muerto. Tampoco gritó ahora. Era todavía de noche, sólo tras los ventanales de la iglesia lucía una luz amarillenta y la señora Stobski quitó cuidadosamente el macuto de las manos del muerto, el macuto que una vez contuvo el devocionario de su hijo y un trozo de salchichón casero de uno de sus cerdos, arrastró al joven a las baldosas del corredor, fue a su habitación, se llevó el macuto, como por casualidad, lo tiró sobre la mesa y revolvió un paquete de billetes de zloty sucios, casi sin valor. Luego se dirigió al pueblo para despertar al enterrador.

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  Más tarde, cuando el joven ya estaba enterrado, encontró el macuto sobre la mesa, lo tomó, vaciló, buscó el martillo y dos clavos, los clavó en la pared, colgó allí el macuto y decidió guardar en él sus cebollas.

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  Si hubiera levantado un poco más la solapa del macuto, y lo hubiera abierto del todo habría descubierto el sello de tinta negra que llevaba el mismo número que el sello n el membrete de la carta del capitán Hummel.

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  Pero nunca abrió tanto el macuto.

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La muerte de Elsa Baskoleit (1951)

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  El sótano de la casa donde vivíamos antes, estaba alquilado a un comerciante llamado Baskoleit. En los pasillos había por doquier cajas de naranjas, olía a fruta podrida que Baskoleit amontonaba para la basura y tras la borrosidad del vino opalino oíamos a menudo su amplia voz de prusiano oriental que se quejaba de los malos tiempos. Pero en el fondo de su corazón, Baskoleit era alegre. Sabíamos, con la seguridad que sólo tienen los niños, que sus denuestos incluso sus insultos contra nosotros eran un juego; y a menudo subía los pocos escalones que llevaban del sótano a la calle con los bolsillos llenos de manzanas o naranjas, que nos tiraba como pelotas.

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  Pero Baskoleit era interesante, sobre todo, por su hija Elsa, de la que sabíamos que quería hacerse bailarina. Acaso lo fuera ya; por lo menos se ejercitaba a menudo, se ejercitaba abajo, en el cuarto del sótano pintado de amarillo, junto a la cocina de Baskoleit: una muchacha esbelta y rubia, que se mantenía sobre la punta de los pies, vestida con un maillot verde, pálida, flotando durante minutos como un cisne, girando sobre sí misma o saltando, dando vueltas de campana. Al oscurecer podía verla desde la ventana de mi dormitorio: su delgado cuerpo con el maillot verde en el cuadrado amarillo del recorte de la ventana, su pálido rostro esforzado y su rubia cabeza que, al saltar, rozaba a veces la bombilla desnuda, que comenzaba a oscilar y ampliaba por momentos al patio gris su amarillo círculo de luz, había gente que gritaba por el patio: “¡Puta!”, y yo no sabía lo que era puta. Otros gritaban: “¡Qué indecencia!”, y aunque creía saber lo que era indecencia, no podía creer que Elsa tuviese nada que ver con eso. Entonces se abría de golpe la ventana de Baskoleit y, entre el vapor de la sartén, aparecía su pesada cabeza calva y desde la luz que salía al patio de la ventana abierta de la cocina, lanzaba al oscuro patio una oleada de insultos de los cuales yo no comprendía ninguno. Con todo, la habitación de Elsa tuvo pronto una cortina gruesa de terciopelo verde, de forma que apenas dejaba salir la luz, pero yo contemplaba cada tarde ese cuadrado que brillaba mate y aunque no podía verla la veía: Elsa Baskoleit en su maillot verde, delgada y rubia, flotando algunos segundos bajo la bombilla desnuda.

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  Pero pronto nos mudamos, me hice mayor, me enteré de lo que es puta, creí saber lo que es la indecencia, vi bailarinas, pero ninguna me gustó como me había gustado Elsa Baskoleit, de la que no volví a saber nada. Fuimos a otra ciudad, vino la guerra, una larga guerra y dejé repensar en Elsa Baskoleit; tampoco pensé en ella cuando regresamos a la vieja ciudad. Probé los más diversos oficios hasta que rehice coger de un mayorista de frutas: lo único que sabía hacer era manejar un camión. Cada mañana recibía mi lista, recibía cajas de manzanas y naranjas, cestos de ciruelas y viajaba a la ciudad.

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  Un día, mientras estaba en la rampa donde se cargaba mi camión y comparaba lo queme cargaba el almacenero con mi lista, el contable salió de su cabina, que está cubierta con propaganda de plátanos y preguntó al almacenero:

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  -¿Podemos suministrar a Baskoleit?

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  -¿Ha pedido algo? ¿Uvas negras?

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  -Sí –el contable se quitó el lápiz de la oreja y miró asombrado al almacenero.

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  -De vez en cuando encarga algo –dijo el almacenero-: uvas negras, no sé para qué, pero no se las podemos servir. ¡Adelante! –gritó a los cargadores de guardapolvos grises. El contable volvió a su cabina y yo, yo ni siquiera comprobé si cargaban lo que estaba en mi lista. Veía el recorte cuadrado, iluminado desde la ventana del sótano, veía bailar a Elsa Baskoleit, delgada y pálida, vestida de verde chillón, y aquella mañana hice una ruta distinta a la que tenía asignada. 

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  De los faroles entre los que habíamos jugado, quedaba sólo uno, y éste decapitado; la mayoría de las casas estaban destruidas y mi camión traqueteaba por hondos baches. En la calle, que antes hormigueaba de chiquillos, sólo había un niño, un niño pálido, moreno, cansado, sentado sobre un resto de muro dibujando figuras en el polvillo blancuzco. Levantó la mirada cuando pasé ante él, pero dejó caer de nuevo la cabeza. Paré ante la casa de Baskoleit y descendí. Sus pequeñas ventanas estaban llenas de polvo, pirámides de cajas se habían derrumbado y el cartón verdoso estaba negro de suciedad. Miré arriba, hacia la fachada parcheada, abrí vacilante la puerta de la tienda y bajé despacio. Olía fuertemente a condimento de sopa húmedo, que estaba apelmazado en una caja junto a la puerta; pero entonces vi la espalda de Baskoleit, vi el pelo gris bajo su gorra y adiviné cuánto le costaba trasvasar vinagre de un gran barril a una botella. Es evidente que no conseguía manejar correctamente la espita, el ácido líquido le corría por los dedos y abajo, en el suelo, se había formado un charco, una mancha pútrida de olor penetrante en la madera, que rechinaba bajo sus pies. Ante el mostrador había una mujer delgada con un abrigo rojizo, que lo miraba con indiferencia. Al fin pareció haber llenado la botella, puso el corcho y yo repetí lo que ya había dicho al abrir la puerta, dije suavemente “Buenos días”, pero nadie me contestó. Baskoleit puso la botella sobre el mostrador, su rostro estaba pálido y sin afeitar. Miró a la mujer y dijo: 

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  -Mi hija ha muerto: Elsa. 

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  -Lo sé –dijo la mujer con voz ronca-, lo sé desde hace cinco años. También necesito arena para fregar. 

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  -Mi hija ha muerto –dijo Baskoleit. Miró a la mujer como si fuera una novedad, la miró como sin saber qué hacer, pero la mujer dijo “a granel, un kilo”. Y Baskoleit sacó a rastras un barril negruzco de debajo del mostrador, removió con un cogedor de hojalata y echó, con mano temblorosa, grumos amarillentos en una bolsa de papel gris. 

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  -Mi hija ha muerto –dijo. La mujer guardó silencio y yo miré en derredor, y no pude descubrir más que paquetes de fideos polvorientos, el barril de vinagre, cuya espita goteaba lentamente, el tonel de arena para fregar y un cartel esmaltado con un sonriente muchacho rubio que comía un chocolate que ya no se fabrica desde hace años. La mujer metió la botella en su bolsa de malla y al lado la arena, arrojó un par de monedas y, cuando se dio la vuelta y pasó junto a mí, se tocó la sien con un dedo y me sonrió. 

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  Pensé muchas cosas, pensé en los tiempos en que era tan pequeño que mi nariz todavía no llegaba al borde del mostrador, peor ahora podía mirar cómodamente sobre la caja de cristal que llevaba el nombre de una fábrica de galletas y que contenía sólo polvorientas bolsas de pan rallado. Por un momento me pareció haberme encogido, sentí mi nariz por debajo del bode del sucio mostrador, sentí en mi mano los céntimos para caramelos, vi bailar a Elsa Baskoleit, oí gritar a la gente en el patio: “¡Puta!”  y “¡Qué indecencia!”, hasta que me despertó la voz de Baskoleit. 

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  -Mi hija ha muerto –dijo automáticamente, casi sin sentimiento; ahora estaba ante el escaparate, y miraba a la calle. 

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  -Sí –dije. 

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  -Está muerta –dijo. 

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  -Sí –dije. Me volvía la espalda, tenía las manos metidas en los bolsillos de su guardapolvo gris, que estaba lleno de manchas. 

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  -Le gustaba comer uvas, uvas negras, pero ahora está muerta. 

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  No dijo “¿Desea usted algo?” o “¿En qué puedo servirle?”, estaba de pie ante el escaparate, cerca del goteante barril de vinagre, y sin mirarme decía: “Mi hija ha muerto” o “Está muerta”. 

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  Me pareció que llevaba allí de pie, perdido y olvidado, una eternidad, mientras el tiempo se deslizaba lentamente a mi alrededor. Sólo me pude zafar cuando una mujer entró en la tienda. Era pequeña y rechoncha, llevaba la bolsa de la compra delante, y Baskoleit se volvió hacia ella y dijo: “Mi hija ha muerto”, la mujer dijo: “Sí”, de repente comenzó a llorar y dijo: “Arena para fregar, por favor, un kilo, a granel”, y Baskoleit fue detrás del mostrador y removió con el cogedor de hojalata en el tonel. La mujer seguía llorando cuando me fui.  

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  El muchacho pálido, moreno, que había estado acurrucado sobre el resto de muro, miraba atentamente desde el estribo de mi camión el tablero de mandos, metió la mano por la ventanilla abierta, hizo funcionar el intermitente derecho y el izquierdo. Al notar de repente mi presencia tras de sí se asustó, pero lo agarré, miré su rostro pálido y atemorizado, tomé una manzana de las cajas del camión y se la regalé. Al soltarlo me miró asombrado, tan asombrado que me asusté, y cogí otra manzana, y otra más, muchas manzanas las metí en sus bolsillos, se las metí bajo la chaqueta. Luego subí y arranqué.

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