Narrativa

Heinrich Böll (Alemania, 1917- 1985). Traducción: José Moral Arroyo. .

 La primera vez que leí algo de Heinrich Böll tenía nueve o diez años. Estaba leyendo el prólogo a uno de los libros de la Colección Tobogán de Ediciones Orión, donde Böll hablaba de lo que consideraba que era la literatura. Me acuerdo particularme de cómo describía las rondas de cuentos que se hacían en su casa desde que él tenía memoria, donde todos se reunían a contar historias oralmente. Después leí, en otro libro de Ediciones Orión, el cuento La balanza de los Balek y quedé muy impresionada. Siempre me acordé de Böll y cuando, ya más grande, vi La aventura y otros relatos (volumen al que pertenecen estos cuentos) lo compré y leí ávidamente, y muchos de ellos me impresionaron tanto como La balanza de los Balek varios años atrás. Si bien Böll ha sido muy leído y comentado, los cuentos aquí reunidos tal vez no lo hayan sido tanto.

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Aventuras de un macuto (1950)

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  En septiembre de 1914 fue llamado a filas a uno de los rojos cuarteles de ladrillo  de Bromberg un hombre llamado Joseph Stobski, quien, si bien según sus papeles era ciudadano alemán, apenas dominaba el idioma de su patria oficial. Stobski tenía veintidós años, era relojero y no había hecho el servicio militar debido a “deficiencias constitucionales”; provenía de un pueblecito polaco adormilado que se llamaba Niestronno, había vivido arrinconado en el cuarto de atrás de la choza paterna, dibujado grabados, delicados grabados en el oro falso de los relojes de pulsera y reparado los relojes de los campesinos; en los descansos, echaba el pienso al cerdo, ordeñaba la vaca y, por la tarde, cuando la oscuridad caía sobre Niestronno, no iba a la taberna, ni al baile, sino que incubaba un invento, con los dedos sucios de aceite tanteaba infinitas ruedecillas, liaba cigarrillos que se consumían casi todos solos sobre el borde de la mesa, mientras su madre contaba los huevos y se quejaba del enorme consumo del petróleo.

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  Pertrechado con su caja de cartón ingresó en el rojo cuartel de ladrillo de Bromberg, aprendió la lengua alemana, por lo menos la que abarcaba el vocabulario de consignas, órdenes y piezas del fusil; además se familiarizó con el oficio del soldado de infantería. En las horas de instrucción decía haiga en lugar de haya, cañon en lugar de cañón, blasfemaba en polaco, rezaba en polaco y, por las tardes, contemplaba melancólico el paquetito con las ruedecillas sucias de aceite en el armario marrón oscuro antes de irse a la ciudad para ahogar en aguardiente su justo dolor.

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  Tragaba la arena de los brezales de Tuchel, escribía postales a su madre, le enviaban tocino, los domingos se evadía de los oficios divinos oficiales y se iba a escondidas a una iglesia polaca, donde podía arrojarse sobre las losas, llorar y rezar, aunque tales sentimientos no estuvieran en consonancia con un soldado vestido con el uniforme de la infantería prusiana.

.   En noviembre de 1914 se le consideró lo bastante instruido como para viajar a Flandes atravesando toda Alemania. Había arrojado el suficiente número de granadas en la arena de los brezales de Tuchel, había disparado lo indispensable en el campo de tiro, y Stobski envió a su madre el paquetito con las ruedecillas sucias de aceite, escribió además una tarjeta postal, se dejó meter en un vagón de ganado y comenzó el viaje a través de su patria oficial, cuya lengua materna, al menos por lo que se refería a órdenes, dominaba ya. Dejó que unas exuberantes muchachas alemanas le sirvieran café, que metieran flores en el cañón de su fusil, aceptó cigarrillos, una vez recibió incluso el beso de una mujer de cierta edad, y un hombre con quevedos, apoyado en la barrera de la estación, le gritó con voz muy clara unas palabras en latín de las que Stobski sólo comprendió “tandem”. Con dicha palabra, se dirigió en busca de ayuda a su inmediato superior, el cabo Habke, quien a su vez le murmuró algo como “bicicleta”, negándose a dar más explicaciones. Así fue como Stobski, sin darse cuenta, dejándose besar y besando, cargado de flores, chocolate y cigarrillos, atravesó el Oder, el Elba, el Rin y diez días después fue descargado en la oscuridad, enana sucia estación belga. Su compañía se reunió en el patio de una granja y el capitán gritó en la oscuridad algo que Stobski no comprendió. Luego le dieron gulasch con fideos que pasó a las bocas rápidamente desde una cocina de campaña que había en un establo mal iluminado. El suboficial Pillig pasó otra vez revista, le soltó una corta arenga y, diez minutos después, la compañía marchaba hacia el oeste; desde ese cielo occidental llegaba el famoso sonido atronador parecido a una tempestad, a veces venían desde allí ladridos rojizos, comenzó a llover, la compañía dejó la carretera, casi trescientos pies andaban a tientas por sendas enfangadas; cada vez se acercaba más esa tempestad artificial, las voces de los oficiales y suboficiales se hicieron roncas, todo se volvió desagradable. A Stobski le dolían los pies, le dolían muchísimo, además estaba cansado, muy cansado, pero siguió arrastrándose hacia delante, a través de oscuros pueblos, por sucios caminos, y a medida que se iban acercando, la tempestad se oía cada vez más desagradable, cada vez más artificial. Entonces, las voces de oficiales y suboficiales adquirieron una curiosa suavidad, casi ternura y, a derecha e izquierda, se oía desde invisibles caminos y sendas el trote de infinitos pies. Stobski se dio cuenta de que estaban ya en medio de la tempestad artificial, que en parte ya la habían superado, pues tanto delante como detrás de ellos sonaba el rojizo aullador, y, cuando dieron la orden de desplegarse, corrió a la derecha del camino, se pegó al cabo Habke, oyó gritos, explosiones, tiros y las voces de los oficiales y suboficiales se volvieron de nuevo roncas. A Stobski le seguían doliendo los pies, le dolían los pies, le dolían muchísimo, se olvidó de Habke, se sentó en un prado húmedo que olía a estiércol de vaca y pensó lo que en polaco correspondía aproximadamente al dicho de Götz von Berlichingen. Se quitó el casco, dejó el fusil en la hierba a su lado, soltó las hebillas a su macuto, pensó en sus amadas ruedecillas sucias de aceite y se durmió en medio de un estruendo altamente bélico. Soñó con su madre polaca, que freía tortitas en la pequeña y caliente cocina, y le pareció raro que las tortitas, en cuanto parecían estar a punto, explotaban en la sartén con un gran ruido y no quedaba nada de ellas. Su madrecita iba echando cada vez con mayor rapidez trozos de masa con el cucharón, las tortitas se juntaron al freír, explotaron un momento antes de estar listas y de repente su madrecita se enfureció –Stobski tuvo que sonreír en sueños, pues su madrecita jamás se enfurecía en serio-  y echó todo el contenido de la masa de un golpe en la sartén; una torta grande, espesa, amarilla, tan grande como la sartén, que fue aumentando, tostándose, hinchándose; la madre de Stobski sonrió complacida, tomó la paleta para pasteles, la empujó bajo la torta y -¡pum!- se oyó una explosión espantosa, y Stobski ya no tuvo tiempo de despertarse, pues estaba muerto.

  A cuatrocientos metros del lugar donde fue alcanzado Stobski unos soldados de su compañía encontraron ocho días después en una trinchera inglesa su macuto con un trozo del desgarrado cinturón; en este mundo no se encontró nada más de él. Y cuando se halló en la trinchera inglesa el macuto de Stobski con un trozo de salchichón de su pueblo, la ración de reserva y un libro de oraciones en polaco se supuso que el día del ataque Stobski, en una acción de increíble arrojo heroico, se adentró en las líneas inglesas y murió allí. Y así fue cómo la madrecita polaca recibió en Niestronno una carta del capitán Hummel, que informaba de la gran heroicidad del soldado raso Stobski. La madrecita le pidió al párroco que le tradujera la carta, lloró, dobló la carta, la guardó entre las sábanas y encargó tres misas de difuntos.

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  Pero los ingleses recuperaron rápidamente la trinchera y el macuto de Stobski cayó en manos del soldado inglés Wilkins Grayhead.  Éste se comió el salchichón, arrojó extrañado el devocionario polaco en el barro flamenco, enrolló el macuto y se lo guardó en su mochila.  Grayhead perdió la pierna izquierda dos días después, fue transportado a Londres, dado de baja nueve meses más tarde del Royal Army, se le adjudicó una pequeña renta y se hizo portero de un banco londinense, pues ya no podía ejercer el honorable oficio de conductor de tranvía.

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  Ahora bien, los ingresos de un portero no son magníficos y Wilkins había traído de la guerra dos vicios: se emborrachaba y fumaba, y, como sus ingresos no le bastaban, comenzó a vender las cosas que le parecían superfluas; y para él casi todo era superfluo. Vendió sus muebles, se los bebió, vendió toda su ropa menos un traje muy raído y, cuando ya no tuvo nada que vender, recordó el sucio hatillo que había dejado en el sótano al ser licenciado del Royal Army. Y entonces vendió la oxidada pistola del ejército que había sustraído, un toldo de tienda de campaña, un par de zapatos y el macuto de Stobski. (Unas pocas palabras más sobre Wilkins Grayhead: degeneró. Entregado sin remedio a la bebida, perdió el honor y el puesto, se hizo maleante, terminó en la cárcel a pesar de la pierna perdida que reposaba en Flandes y terminó allí sus días, corrompido hasta la médula, haciendo de todo.)

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  El macuto de Stobski permaneció exactamente diez años en la lúgubre cueva de un traficante de trapos viejos de Soho, hasta el año 1926. el verano de dicho año, el chamarilero Luigi Banollo leyó muy atentamente la carta de una cierta casa Handsuppers Ltd. que evidenciaba tan abiertamente su interés por toda clase de material de guerra que Banollo se frotó las manos. Revisó con su hijo todas sus existencias y salieron a la luz: veintisiete pistolas de reglamento, cincuenta y ocho marmitas de campaña, más de cien toldos para tienda de campaña, treinta y cinco mochilas, dieciocho macutos y veintiocho pares de zapatos, todos procedentes de los diferentes ejércitos europeos. Por todo el pedido, Banollo recibió un cheque por valor de 18,20 libras esterlinas, librado contra un banco de los más sólidos de Londres. Banollo, calculando en bruto, había obtenido una ganancia del quinientos por ciento. Banollo junior consideró ante todo la desaparición de los zapatos como un alivio casi indescriptible, pues él estaba encargado de cepillarlos, darles grasa, en una palabra, de cuidarlos, una tarea cuya envergadura comprenderá cualquiera que haya tenido que cuidar alguna vez un par de zapatos.

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  Pero la casa Handsuppers Ltd. vendió todos los trastos que había comprado a Banollo con una ganancia del ochocientos cincuenta por ciento (eran sus intereses normales) a un estado sudamericano que hacía tres semanas había llegado al convencimiento de que un país vecino le amenazaba y se había decidido a adelantarse a dicha amenaza.  El macuto del soldado raso Stobski, que había sobrevivido al transporte en la panza de un sucio buque (la casa Handsuppers sólo se servía de buques sucios), fue a parar a manos de un alemán llamado Reinhold von Adams, quien había hecho suya la causa del estado sudamericano por un anticipo de cuarenta y cinco pesetas.  Von Adams se había bebido ya doce de las cuarenta y cinco pesetas cuando fue instado a hacer realidad su promesa y a avanzar bajo la dirección del general Lalango y en los labios el grito de”Victoria y botín”, sobre la frontera del país vecino. Pero Adams recibió una bala entre los dos ojos y el macuto de Stobski fue a parar a manos de un alemán llamado Wilhem Habke, quien, por un anticipo de sólo treinta y cinco pesetas, había hecho suya la causa del otro país sudamericano. Habke se embolsó el macuto, las restantes treinta y tres pesetas y, además, encontró un pedazo de pan y media cebolla, que había prestado su olor a los billetes. Pero las ideas éticas y estéticas de Habke eran mínimas: añadió su paga, hizo que le pagaran treinta pesetas de anticipo al ser nombrado cabo del victorioso ejército nacional y, cuando abrió la solapa del macuto y vio en ella el sello en tinta negra VII/2/II, se acordó de su tío Joachim Habke, que había servido y caído en ese regimiento; entonces le invadió una gran nostalgia. Pidió el retiro, recibió un retrato del general Gublánez y llegó tras muchos rodeos a Berlín y, al tomar el tranvía en el zoológico para dirigirse a Spandau, pasó, sin tener la menor idea, ante la intendencia del ejército donde el macuto de Stobski había estado almacenado en 1914 durante ocho días antes de ser enviado a Bromberg.

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  Habke fue recibido amablemente por sus padres, volvió a su verdadero oficio de expedidor de comercio, pero pronto demostró su inclinación a los errores políticos. El año 1929 se alistó al partido del feo uniforme pardo, descolgó de la pared el macuto, que tenía sobre la cama junto al retrato del general Gublánez, y lo dedicó a fines más prácticos: lo añadió al uniforme pardo cuando se iba los domingos al brezal a hacer instrucción. En los entrenamientos, Habke destacaba por sus conocimientos militares; se tiró sus faroles, presumió de jefe de batallón en aquella guerra sudamericana, aclaró detalladamente cuándo, cómo y dónde había puesto en acción armamento pesado. Había olvidado que todo lo que hizo fue meterle una bala entre los ojos al pobre Von Adams, robarle sus pesetas y hacerse dueño del macuto. Habke se casó en 1929 y en 1930 su mujer dio a luz a un niño al que pusieron el nombre de Walter. Walter creció sano, aunque sus dos primeros años de vida estuvieron bajo el signo del subsidio de paro; pero ya desde los cuatro años tuvo todas las mañanas galletas, leche condensada y naranjas y, cuando cumplió los siete, recibió de su padre el desteñido macuto con las palabras: “Consérvalo con honor, proviene de tu tío abuelo Joachim Habke, quien de soldado raso ascendió a capitán, sobrevivió dieciocho batallas y fue fusilado en 1918 por los rebeldes rojos. Yo mismo lo llevé en la guerra sudamericana en la que era sólo teniente coronel y donde habría podido llegar a general, si la patria no me hubiera reclamado”.

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  Walter hizo un altísimo honor al macuto: lo unió a su propio uniforme pardo desde el año 1936 al 1944. a menudo se acordaba de su heroico tío abuelo, de su heroico padre y, cuando pernoctaba en algún granero, colocaba el macuto cuidadosamente bajo su cabeza. En él guardaba pan, queso fundido, mantequilla y su cancionero; lo cepillaba, lo lavaba y era tanto más feliz cuando el color amarillento se iba convirtiendo en un delicado blanco. No podía imaginarse que el legendario y heroico tío abuelo había muerto siendo cabo en el barro de los campos de Flandes, no lejos del lugar donde un impacto había matado al soldado raso Stobski.

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  Walter cumplió los quince, aprendió a duras penas inglés, matemáticas y latín en el instituto de Spandau, veneraba el macuto y creía en los héroes hasta que él mismo se vio obligado a ser uno de ellos. Hacía mucho tiempo que su padre había sido llevado a Polonia para imponer el orden de alguna forma en algún lugar y, poco después de que el padre regresara furioso de Polonia, fumando cigarrillos y murmurando “traición”, paseando de aquí para allá en el estrecho cuarto de estar de Spandau, poco después Walter Habke fue obligado a ser un héroe.

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  Una noche de marzo de 1945 se encontraba a la salida de un pueblecito de Pomerania detrás de una ametralladora, escuchaba el ronco tronar tempestuoso que sonaba exactamente igual que en las películas; apretó el gatillo de la ametralladora, agujereó la noche oscura y sintió ganas de llorar. Oyó voces en la noche, voces que no conocía, siguió disparando, metió otro cargador, disparó y, cuando hubo agotado el segundo cargador, se dio cuenta de que reinaba un silencio absoluto. Estaba solo. Se levantó, se enderezó el cinturón, se aseguró deque llevaba el macuto y se adentró lentamente en la noche, hacia el oeste. Había comenzado a hacer algo muy nocivo para la heroicidad: había comenzado a pensar, pensaba en el estrecho pero acogedor cuarto de estar, sin saber que pensaba en algo que ya no existía; el joven Banollo, quien una vez tuvo en sus manos el macuto de Walter, ya había cumplido entretanto los cuarenta, había volado sobre Spandau en un bombardero, había abierto la escotilla y destruido el estrecho pero acogedor cuarto de estar, y el padre de Walter se paseaba ahora de arriba abajo en el sótano del vecino, fumaba cigarrillos, murmuraba “traición” y tenía un sentimiento desordenado cuando pensaba en el orden que había impuesto en Polonia.

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  Walter siguió andando pensativo en la noche hacia el oeste; encontró al fin un granero abandonado, se sentó, puso el macuto sobre sus piernas, lo abrió, comió chusco, margarina, un par de caramelos y así le encontraron unos soldados rusos: durmiendo, con rostro lloroso, un quinceañero, con cargadores ya disparados al cuello y olor a caramelos ácidos en su aliento.  Lo agregaron a empujones a un convoy y Walter Habke partió hacia el este. Jamás volvería a ver Spandau.

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  Mientras tanto, Niestronno había sido alemán, volvió a ser polaco, otra vez alemán, otra vez polaco y la madre de Stobski tenía setenta y cinco años. La carta del capitán Hummel seguía en el armario que, desde hacía mucho tiempo, ya no albergaba sábanas: la señora Stobski guardaba allí patatas, muy al fondo, detrás de las patatas guardaba un jamón grande, enana fuente de porcelana había huevos y en la oscuridad, en lo más hondo, un bidón de aceite. Debajo de la cama se amontonaba la leña y en la pared brillaba la rojiza lamparilla de aceite ante la imagen de la Virgen de Chestokova. Detrás de la casa, en el establo, haraganeaba un cerdo flaco, ya no había vaca, y en la casa alborotaban los siete hijos de los Wolniak, cuya viviendo de Varsovia había sido destruida. Y fuera, en la calle, pasaba mucha gente: soldados derrotados con pies desgarrados y rostros ensombrecidos. Pasaban casi cada día. Al principio, Wolniak permaneció quieto en la calle, lanzando juramentos, agarrando de vez en cuando una piedra, tirándola incluso, pero ahora se había quedado atrás, donde antaño Joseph Stobski reparaba relojes, grababa pulseras y trabajaba por la noche en sus ruedecillas sucias de aceite.

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  En 1939 habían pasado ante ellos, hacia el este, prisioneros polacos, otros prisioneros polacos hacia el oeste, después pasaron prisioneros rusos hacia el oeste y ahora, desde hacía tiempo, pasaban hacia el este prisioneros alemanes, y aunque las noches eran todavía frías y oscuras y profundo el sueño de las gentes de Niestronno, se despertaban cuando, en la noche, hería las calles el suave trote de unos pies.

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  La señora Stobski era una de las primeras en levantarse en Niestronno. Se ponía un abrigo sobre el camisón verdoso, encendía la estufa, llenaba de aceite la lamparilla ante la imagen de la Virgen, llevaba la ceniza al estercolero, echaba el pienso al flaco cerdo y regresaba a su cuarto para mudarse e ir a misa. Y una mañana de abril de 1945 encontró en el umbral de su casa a un hombre rubio, muy joven, que sujetaba fuertemente con sus manos un macuto descolorido. La señora Stobski no gritó. Dejó en el alféizar de la ventana el bolso negro de punto en el que llevaba el devocionario, un pañuelo y unas briznas de tomillo, se inclinó sobre el joven y vio inmediatamente que estaba muerto. Tampoco gritó ahora. Era todavía de noche, sólo tras los ventanales de la iglesia lucía una luz amarillenta y la señora Stobski quitó cuidadosamente el macuto de las manos del muerto, el macuto que una vez contuvo el devocionario de su hijo y un trozo de salchichón casero de uno de sus cerdos, arrastró al joven a las baldosas del corredor, fue a su habitación, se llevó el macuto, como por casualidad, lo tiró sobre la mesa y revolvió un paquete de billetes de zloty sucios, casi sin valor. Luego se dirigió al pueblo para despertar al enterrador.

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  Más tarde, cuando el joven ya estaba enterrado, encontró el macuto sobre la mesa, lo tomó, vaciló, buscó el martillo y dos clavos, los clavó en la pared, colgó allí el macuto y decidió guardar en él sus cebollas.

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  Si hubiera levantado un poco más la solapa del macuto, y lo hubiera abierto del todo habría descubierto el sello de tinta negra que llevaba el mismo número que el sello n el membrete de la carta del capitán Hummel.

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  Pero nunca abrió tanto el macuto.

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La muerte de Elsa Baskoleit (1951)

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  El sótano de la casa donde vivíamos antes, estaba alquilado a un comerciante llamado Baskoleit. En los pasillos había por doquier cajas de naranjas, olía a fruta podrida que Baskoleit amontonaba para la basura y tras la borrosidad del vino opalino oíamos a menudo su amplia voz de prusiano oriental que se quejaba de los malos tiempos. Pero en el fondo de su corazón, Baskoleit era alegre. Sabíamos, con la seguridad que sólo tienen los niños, que sus denuestos incluso sus insultos contra nosotros eran un juego; y a menudo subía los pocos escalones que llevaban del sótano a la calle con los bolsillos llenos de manzanas o naranjas, que nos tiraba como pelotas.

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  Pero Baskoleit era interesante, sobre todo, por su hija Elsa, de la que sabíamos que quería hacerse bailarina. Acaso lo fuera ya; por lo menos se ejercitaba a menudo, se ejercitaba abajo, en el cuarto del sótano pintado de amarillo, junto a la cocina de Baskoleit: una muchacha esbelta y rubia, que se mantenía sobre la punta de los pies, vestida con un maillot verde, pálida, flotando durante minutos como un cisne, girando sobre sí misma o saltando, dando vueltas de campana. Al oscurecer podía verla desde la ventana de mi dormitorio: su delgado cuerpo con el maillot verde en el cuadrado amarillo del recorte de la ventana, su pálido rostro esforzado y su rubia cabeza que, al saltar, rozaba a veces la bombilla desnuda, que comenzaba a oscilar y ampliaba por momentos al patio gris su amarillo círculo de luz, había gente que gritaba por el patio: “¡Puta!”, y yo no sabía lo que era puta. Otros gritaban: “¡Qué indecencia!”, y aunque creía saber lo que era indecencia, no podía creer que Elsa tuviese nada que ver con eso. Entonces se abría de golpe la ventana de Baskoleit y, entre el vapor de la sartén, aparecía su pesada cabeza calva y desde la luz que salía al patio de la ventana abierta de la cocina, lanzaba al oscuro patio una oleada de insultos de los cuales yo no comprendía ninguno. Con todo, la habitación de Elsa tuvo pronto una cortina gruesa de terciopelo verde, de forma que apenas dejaba salir la luz, pero yo contemplaba cada tarde ese cuadrado que brillaba mate y aunque no podía verla la veía: Elsa Baskoleit en su maillot verde, delgada y rubia, flotando algunos segundos bajo la bombilla desnuda.

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  Pero pronto nos mudamos, me hice mayor, me enteré de lo que es puta, creí saber lo que es la indecencia, vi bailarinas, pero ninguna me gustó como me había gustado Elsa Baskoleit, de la que no volví a saber nada. Fuimos a otra ciudad, vino la guerra, una larga guerra y dejé repensar en Elsa Baskoleit; tampoco pensé en ella cuando regresamos a la vieja ciudad. Probé los más diversos oficios hasta que rehice coger de un mayorista de frutas: lo único que sabía hacer era manejar un camión. Cada mañana recibía mi lista, recibía cajas de manzanas y naranjas, cestos de ciruelas y viajaba a la ciudad.

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  Un día, mientras estaba en la rampa donde se cargaba mi camión y comparaba lo queme cargaba el almacenero con mi lista, el contable salió de su cabina, que está cubierta con propaganda de plátanos y preguntó al almacenero:

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  -¿Podemos suministrar a Baskoleit?

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  -¿Ha pedido algo? ¿Uvas negras?

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  -Sí –el contable se quitó el lápiz de la oreja y miró asombrado al almacenero.

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  -De vez en cuando encarga algo –dijo el almacenero-: uvas negras, no sé para qué, pero no se las podemos servir. ¡Adelante! –gritó a los cargadores de guardapolvos grises. El contable volvió a su cabina y yo, yo ni siquiera comprobé si cargaban lo que estaba en mi lista. Veía el recorte cuadrado, iluminado desde la ventana del sótano, veía bailar a Elsa Baskoleit, delgada y pálida, vestida de verde chillón, y aquella mañana hice una ruta distinta a la que tenía asignada. 

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  De los faroles entre los que habíamos jugado, quedaba sólo uno, y éste decapitado; la mayoría de las casas estaban destruidas y mi camión traqueteaba por hondos baches. En la calle, que antes hormigueaba de chiquillos, sólo había un niño, un niño pálido, moreno, cansado, sentado sobre un resto de muro dibujando figuras en el polvillo blancuzco. Levantó la mirada cuando pasé ante él, pero dejó caer de nuevo la cabeza. Paré ante la casa de Baskoleit y descendí. Sus pequeñas ventanas estaban llenas de polvo, pirámides de cajas se habían derrumbado y el cartón verdoso estaba negro de suciedad. Miré arriba, hacia la fachada parcheada, abrí vacilante la puerta de la tienda y bajé despacio. Olía fuertemente a condimento de sopa húmedo, que estaba apelmazado en una caja junto a la puerta; pero entonces vi la espalda de Baskoleit, vi el pelo gris bajo su gorra y adiviné cuánto le costaba trasvasar vinagre de un gran barril a una botella. Es evidente que no conseguía manejar correctamente la espita, el ácido líquido le corría por los dedos y abajo, en el suelo, se había formado un charco, una mancha pútrida de olor penetrante en la madera, que rechinaba bajo sus pies. Ante el mostrador había una mujer delgada con un abrigo rojizo, que lo miraba con indiferencia. Al fin pareció haber llenado la botella, puso el corcho y yo repetí lo que ya había dicho al abrir la puerta, dije suavemente “Buenos días”, pero nadie me contestó. Baskoleit puso la botella sobre el mostrador, su rostro estaba pálido y sin afeitar. Miró a la mujer y dijo: 

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  -Mi hija ha muerto: Elsa. 

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  -Lo sé –dijo la mujer con voz ronca-, lo sé desde hace cinco años. También necesito arena para fregar. 

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  -Mi hija ha muerto –dijo Baskoleit. Miró a la mujer como si fuera una novedad, la miró como sin saber qué hacer, pero la mujer dijo “a granel, un kilo”. Y Baskoleit sacó a rastras un barril negruzco de debajo del mostrador, removió con un cogedor de hojalata y echó, con mano temblorosa, grumos amarillentos en una bolsa de papel gris. 

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  -Mi hija ha muerto –dijo. La mujer guardó silencio y yo miré en derredor, y no pude descubrir más que paquetes de fideos polvorientos, el barril de vinagre, cuya espita goteaba lentamente, el tonel de arena para fregar y un cartel esmaltado con un sonriente muchacho rubio que comía un chocolate que ya no se fabrica desde hace años. La mujer metió la botella en su bolsa de malla y al lado la arena, arrojó un par de monedas y, cuando se dio la vuelta y pasó junto a mí, se tocó la sien con un dedo y me sonrió. 

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  Pensé muchas cosas, pensé en los tiempos en que era tan pequeño que mi nariz todavía no llegaba al borde del mostrador, peor ahora podía mirar cómodamente sobre la caja de cristal que llevaba el nombre de una fábrica de galletas y que contenía sólo polvorientas bolsas de pan rallado. Por un momento me pareció haberme encogido, sentí mi nariz por debajo del bode del sucio mostrador, sentí en mi mano los céntimos para caramelos, vi bailar a Elsa Baskoleit, oí gritar a la gente en el patio: “¡Puta!”  y “¡Qué indecencia!”, hasta que me despertó la voz de Baskoleit. 

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  -Mi hija ha muerto –dijo automáticamente, casi sin sentimiento; ahora estaba ante el escaparate, y miraba a la calle. 

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  -Sí –dije. 

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  -Está muerta –dijo. 

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  -Sí –dije. Me volvía la espalda, tenía las manos metidas en los bolsillos de su guardapolvo gris, que estaba lleno de manchas. 

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  -Le gustaba comer uvas, uvas negras, pero ahora está muerta. 

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  No dijo “¿Desea usted algo?” o “¿En qué puedo servirle?”, estaba de pie ante el escaparate, cerca del goteante barril de vinagre, y sin mirarme decía: “Mi hija ha muerto” o “Está muerta”. 

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  Me pareció que llevaba allí de pie, perdido y olvidado, una eternidad, mientras el tiempo se deslizaba lentamente a mi alrededor. Sólo me pude zafar cuando una mujer entró en la tienda. Era pequeña y rechoncha, llevaba la bolsa de la compra delante, y Baskoleit se volvió hacia ella y dijo: “Mi hija ha muerto”, la mujer dijo: “Sí”, de repente comenzó a llorar y dijo: “Arena para fregar, por favor, un kilo, a granel”, y Baskoleit fue detrás del mostrador y removió con el cogedor de hojalata en el tonel. La mujer seguía llorando cuando me fui.  

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  El muchacho pálido, moreno, que había estado acurrucado sobre el resto de muro, miraba atentamente desde el estribo de mi camión el tablero de mandos, metió la mano por la ventanilla abierta, hizo funcionar el intermitente derecho y el izquierdo. Al notar de repente mi presencia tras de sí se asustó, pero lo agarré, miré su rostro pálido y atemorizado, tomé una manzana de las cajas del camión y se la regalé. Al soltarlo me miró asombrado, tan asombrado que me asusté, y cogí otra manzana, y otra más, muchas manzanas las metí en sus bolsillos, se las metí bajo la chaqueta. Luego subí y arranqué.

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