J. A. Rauskin (Paraguay, 1941- ) .
Conocí la poesía de Rauskin en un viaje a Paraguay. Fui a una librería y pregunté por autores paraguayos contemporáneos. Me recomendaron la Poesía Reunida de J. A. Rauskin publicada por Editorial Arandurâ. Pasé las noches de ese viaje leyéndolo, y cuando volví a Buenos Aires me di cuenta de que mucha gente lo desconocía. Seleccioné algunos poemas tratando de abarcar distintas publicaciones de su vasta producción.
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La golondrina y el ideograma (de La noche del viaje - 1988)
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Una golondrina no hace verano y, fiel a su costumbre, el atardecer es triste. Hay una nube estancada y cualquiera conoce los efectos de ese calor eminentemente residual: pueblan la acera unos patios desalojados, sillas hay que echan raíces en ella. Enmudecieron los árboles, la gente crepuscular vegeta. Vegeta por fuera y tirita por dentro. El más barato de los restaurantes chinos enciende ahí sus faroles mientras la tarde muere en esa calle oscura en términos de taxi o de opereta, oscura y triste en términos de un peatón. Quizá triste porque el primer amor no es el último, quizá triste porque el último amor jamás podrá ser el penúltimo, quizá triste por pura simpatía porque el atardecer es triste.
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Azul de fábrica rural (de La canción andariega – 1991)
Casi el campo, galpón de estilo establo.
A tiro de guijarro, peluquería
cerrada contigua
a sastrería
cerrada contigua
a la tierna hierba del crepúsculo.
Tan parco cementerio cívico se nutre
de bienestar fabril anexo
a pequeña ciudad dormitorio.
El patio es fábrica,
la esquina es un reducto camionero
y la basura
arde y cruje,
es basura de campo, basura vegetal.
Tras el humo de la limpieza,
tras el humo escobero de las hojas muertas,
el camino de tierra sigue
su rumbo conocido,
muy pocos mudos nuevos intercambian
señas o gestos
o saludos
y muy pocas, muy pocas nubes para lápidas dirían
que el viento por aquí no es un solitario.
Volvamos a la gente, volvamos
a María de la limpieza,
María limpiadora,
María limpia.
Dulce a ratos no deja de ser
el manso entorno de María,
pero barrer sin duda cansa
y ver barrer aburre sin remedio.
Patio en penumbra
de estibas y tinglados.
La hora en punto menos cuarto.
La sombra de María deja su escoba,
María marca en la pared horaria.
¿Hay prisa?
El sol es su naranja.
Y cae.
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Un pueblo antes de la escarcha (de Alegría de un hombre que vuelve – 1992)
Entra el campo en las casas,
por los adormecidos patios entra.
Entra con una vaca y una mula,
con un caballo sin arreos entra.
La noche es larga, hueca y larga;
el frío viene de las estrellas.
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Admirable (de Fogata y dormidero de caminantes – 1994)
Ciclópea, también enciclopédica, esa roca de caimán, de yacaré, de cocodrilo. Toda una vida en ella, toda una vida sauria. Roca donde hay más arrastre que pata, menos pata que vientre y más glándula que lágrima. Roca donde hay menos agua que cielo, donde hay más Nihilo que Nilo.
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Elsa (de La calle del violín allá lejos – 1996) Era una hormiga del contrabando hormiga.Vivía mimetizada, vivía en el puerto que lleva su nombre.Creía en la Virgen y en las promesas que se
pagan el 8 de diciembre.
Creía, rezaba.
Envejeció en paz, vivió entonces del trabajo
de su descendencia.
Murió de muerte pacífica, quizá natural.
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El mundo de aquel joven (de Adiós a la cigarra – 1997)
Un pájaro, una nube, caballos, la llanura,
el aire de la aurora y un temblor de hojas.
Y una palabra antigua, terrible: rebelión.
Y un amor más que peligroso, el primer amor.
Al otro lado de las vías del tren sin tren,
amanece y comienza de nuevo la aventura.
El sol, ahora solidario, pasa una cuerda
y el joven sube, sale del pozo de su noche,
honda noche vivida con temor y esperanza.
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El cuento de la que perdió la memoria (de Doña Ilusión – 2003)
Para torcer la mano que gobierna los vientos
la llevaron un día, carne de sacrificio,
a la piedra que espera la sangre del cuchillo.
No fue suya la sangre, mataron una cierva.
Fue así, según la crónica del griego.
Y de otro modo fue, según la policía.
En todo caso, la dejaron huir
pero perdiendo la memoria,
viviendo en el cuento
de la que perdió la memoria, el cuento
que ahora cuenta el viento en una calle desierta.
Las mujeres estables o de repertorio se borran,
cierran las puertas, las ventanas,
las ventanitas y los ventanucos.
Y la mujer de paso se borra.
Y los peatones de sexo masculino se borran,
entran en lo que todavía puede ser un café.
Los árboles se borran, las hojas caen del cielo
y la que perdió la memoria
cae sobre sí misma,
derribada por tantos años en esa calle desierta,
en el viento que la nombra en esa calle desierta.
Después la barren con las hojas.
Parece un montón de hojas caídas.
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